Xabier no tenía ninguna duda de que el causante de su rabia estaba allí.  Observaba la planta veinticuatro sentado en un banco de la plazoleta que había frente al rascacielos. Sostenía entre sus manos un vaso de café caliente, con cada sorbo, casi como un acto reflejo, volvía a mirar hacia las ventanas de la planta veinticuatro. El humo de los coches mezclado con el aire frío dejaba en su garganta un sabor amargo.

Xabier solía disfrutar todos los días sentado en ese mismo banco, del reflejo perfecto de la antigua Iglesia de Trinity Church, sobre el edificio John Hancock Tower. Un rascacielos de sesenta plantas. Construido en el barrio de Back Bay, corazón de la parte histórica de la ciudad de Massachusetts. Rodeado de construcciones de gran valor arquitectónico, la torre intentaba pasar desapercibida, reflejando en sus paredes de cristal tintado de azul, el entorno que lo rodea.

La ira, un sentimiento de odio y enfado.

La ira

Las campanas de Trinity dieron las cuatro, hora en la que The Hancock quedaba prácticamente vacío. Xabier se levantó arrojó el vaso en la papelera y cruzó la calle corriendo. Las bocinas de los coches solo aguijonearon aun más su arrebato. Debía darse prisa, conocía muy bien el ritmo interior de la gran mole de cristal, hacía dos años que era socio en ITconsulting DTS. Una empresa dedicada a crear software personalizado.

Xabier había trabajado los dos últimos años de su vida para que aquella empresa dejase de tener solo una modesta oficina en el Hancock. Con cada uno de sus logros les hacía ganar notoriedad y espacio hasta ocupar toda la planta veinticuatro.

Xabier entró en el edificio, aceleró el paso para evitar hablar con el portero.

—Buenas tardes, señor Calveiro —dijo el portero.

—Hola Robert, subo a buscar algo que no quiero perder. Bajo enseguida.

Sin pausa en su marcha, Xabier continuó hacia el ascensor. La mirada fija en la pantalla que indicaba el número de plantas que subían con rapidez. «No sé cómo enfrentarme a James, pero no permitiré que me timen». Pocos segundos antes que el ascensor se detenga se miró en el espejo y se limpió el sudor de las manos en el vaquero.

Las puertas del ascensor se abrían directamente en la sala de recepción

—Hola, Lisa. ¿Está James en su despacho?

—Sí, pero ya estábamos por marcharnos —dijo Lisa mientras se levantaba de su silla para detenerlo colocándose en el pasillo que daba acceso a las distintas oficinas.

—Lisa no te entrometas, la cosa no va contigo.

Xabier continuó caminando, apartando a la joven de forma brusca contra el muro de cristal. Su corazón latía tan fuerte que retumbaba en sus oídos. No podía comprender como aquel hombre, su socio, su mentor, su amigo, lo había traicionado de esa forma.

Las paredes de cristal de la oficina dejaban ver a James hablando por teléfono. Jugaba con un péndulo de Newton de cinco bolas, un regalo de Xabier. Llevaba traje, cosa que no era habitual en él. Xabier pensó «Cretino, seguramente se reunió con los del Firt Bank. Claro, por eso insistió en que hoy me tomase el día libre» Enfurecido corrió los últimos metros, irrumpió en el despacho, cerró la puerta con el pestillo y se apoyó en el escritorio con las palmas de las manos muy abiertas, como intentando canalizar toda su rabia en aquel mueble.

James se levantó de la silla y retrocedió, aunque continuaba hablando con su iPhone, dijo:

—Despacio ¿qué te ocurre? —Sujetó el escritorio con una mano. Desconcertado intentaba comprender lo que estaba sucediendo. Xavier le quitó el teléfono y lo lanzó contra la ventana.

—Xabier, por favor, intenta tranquilizarte para que hablemos…

—¡Hablar! Asqueroso traidor. Te quedaste con mi programa… —Xabier golpeó la mesa con el puño y cogió el péndulo de bolas —Dijiste que juntos éramos perfectos como este juguete —lo arrojó al suelo y se acercó, aún más, a James.

—No, no, nooo. Todo esto es solo una cuestión de marketing. —James retrocedía con las manos alzadas como escudo.

La ira. un demonio que se esconde en las entrañas, capaz de consumirnos si no aprendemos a controlarlo.

La ira

—Mientes, entré en la base de datos del centro de registro y tú figuras como único propietario.¿Cómo pensabas ocultarlo?

—Xabier, era mejor así para venderlo. Yo ya había trabajado con Firt Bank y confían en mí. —James se movía con lentitud hacia la puerta con los brazos extendidos intentando mantenerse a distancia.

Xabier se le acercaba, señalándole con el dedo y repitiendo:

—Eso no se le hace a un amigo. No eso no se hace.

—No te alteres, recibirás el dinero que te corresponde… —En un intento de huída interpuso entre ellos una silla y gritó— Lisa llama a seguridad.

La secretaria, y el personal de seguridad ya estaban del otro lado de la puerta intentando abrirla.

—James quiso quitar el pestillo, pero Xabier se lo impidió le apresó de un brazo y lo empujó contra la pared, lo cogió del cuello diciendo:

—Me vas a devolver mi programa o te juro que te mato.

Comenzó a golpearle la cabeza contra la pared. James gritaba, golpeaba el vientre de Xabier empujándole el rosto desde la barbilla, con la palma de la mano intentaba soltarse. Durante unos segundos opuso resistencia. La sangre le brotaba a borbotones por la brecha justo detrás de la oreja. Pronto sus brazos se tornaron blandos y dejó de oponer resistencia, pero Xabier continuaba golpeándole la cabeza de manera enceguecida repitiendo.

—Eso no se hace, no se hace, no, no…

La puerta se abrió y el personal de seguridad entró en el despacho. Cuando lograron separarlos, Jame se desplomó. Dos hombres sujetaban a Xabier que continuaba lanzando patadas y gritos. Solo se detuvo al ver el charco de sangre en torno a la cabeza de su amigo.

—¡Dios mío, lo maté!

La ira, un sentimiento de odio y enfado. Una forma, pervertida, de hacer justicia.

 El jefe de seguridad gritó que no lo moviera y se inclinó para tomarle el pulso.

—No. No, todavía respira. —dijo y avisó por radio— Hay un hombre malherido, manden una ambulancia al 200 Clarendon Street, planta veinticuatro del Hancock.

Un demonio que se esconde en las entrañas, capaz de consumirnos si no aprendemos a controlarlo.

 

Sigue leyendo a Liliana del Rosso