Con solo recordar aquel día me pongo de los nervios. Dos palabras y quedas etiquetada de por vida.

Queríamos causar una buena impresión. Darío, llevaba traje negro con una camisa color salmón suave, poco usual en él. Carmen, un conjunto estilo Chanel en granate claro de chaqueta y pantalón y unos tacones de escándalo. Yo intentaba lucir segura y atrevida, así que me puse mi vestido rojo, ceñido pero discreto, de los que te dejan respirar, con una chaqueta corta en color crudo y los indispensables tacones.

El bufete de abogados más importante de la ciudad nos abría sus puertas. Un negocio familiar, solo tres socios que dirigían a una decena de abogados que trabajaban para ellos.

Ramiro, el hijo mayor, nos recibió y presentó al resto de compañeros. Disculpó a su padre que se encontraba de viaje y nos llevó a la sala de reuniones donde esperaríamos a Francisco, su hermano menor, quizás el socio que más se interesó por nosotros durante las entrevistas previas. El inmenso ventanal de la sala se convirtió en el principal tema de conversación. El parque que rodeaba el edificio le otorgaba un entorno privilegiado. Desde el tercer piso donde nos encontrábamos se veía toda la ciudad.

—Bueno gente, se terminó el desayuno, por allí viene el jefe. —dijo Ramiro, señalando hacia el jardín, mientras se giraba alejándose de la ventana.

—¡Menuda mujer acompaña Francisco! —dijo Darío.

Creo que fue una reacción inconsciente, según terminó su frase frunció el entrecejo y movió la cabeza, haciendo evidente su falta de tino. Con pasos desconcertados, como un niño que acababa de cometer una travesura, se alejó de la ventana.

—Es Laura, trabaja en el ayuntamiento. ¡Ya tendrás tiempo para conocerla! —dijo Ramiro y continuó colocando carpetas, bolígrafos y algunos folios sobre la mesa de cristal que estaba ubicada en el centro de la sala.

Las aparencias engañan

Las aparencias engañan

La curiosidad pudo con nosotras. Carmen y yo nos plantamos frente a la ventana. Laura llevaba un sombrero de paja muy veraniego que cubría una parte de su rostro. Su ropa de colores claros, resaltaba el bronceado de su piel. Avanzaba con seguridad cogida del brazo de Francisco. Sabía que la estábamos observando. Levantó la cabeza y miró hacia la ventana con tal templanza, que nos avergonzamos de estar allí.  Se inclinó para que solo una parte de su rostro quedara al descubierto. Movió suavemente una flor que llevaba en su mano derecha y sonrió, o por lo menos su boca fingió un guiño de cordialidad.

Pensé que dábamos una imagen poco profesional y sin más me giré para comentar con Darío lo acertado de su observación.

Mi corazón latía tan fuerte que resonaba en mis oídos.

Carmen, haciendo gala de gran integración al grupo, sin alejarse de la ventana comenzó a indagar sobre aquella mujer.

—¿Formará parte del equipo de trabajo?

Ramiro, sonrió y se sirvió un vaso de agua intentando digerir la incomodidad de hablar de Laura.

—Es el enlace con el ayuntamiento. Yo y seguramente tú tendremos que convivir con ella. Te aseguro que su carácter es inversamente proporcional a su belleza.

—Entonces ¿lo de invitarla a un café no es buena idea, verdad? —dijo Darío y soltó una carcajada.

—¡No, claro que no! Detrás de sus enigmáticos ojos negros y su metro setenta hay una astuta abogada que intentará exprimirnos al máximo.

Mi ansiedad, o alguna especie de sentimiento que no me resultaba nada fácil de controlar, me animaron a preguntar:

—¿Es pareja de Francisco? —acto seguido cerré los ojos. Sabía que me había puesto en evidencia, pero no pude contenerme.

Un largo silencio me dejó ver lo inoportuno de mi pregunta. Ramiro me miró directamente a los ojos y se tocó la barbilla diciendo.

—Yo no me complicaría la vida por esos derroteros. Francisco le tiene aprecio, pero Laura es algo posesiva con él.

«Te aseguro que su carácter es inversamente proporcional a su belleza»

Apenas habían pasados unos minutos, cuando la puerta de la sala se abrió dando paso a la tan mentada persona. Parecía otra, su larga cabellera castaña caía sobre sus hombros, ya no llevaba el sombrero y parecía menos enigmática. Sonreía relajada. Mientras nos presentaban se acercó a cada uno de nosotros y nos dio la mano y un beso con una actitud muy familiar. Aparentemente había conectado muy bien con Carmen y Darío, hablaban de forma animada.

Yo los observaba pero no intervenía en la conversación. Intentaba analizar sus gestos. Llegué a pensar que Ramiro había tenido algún altercado personal con ella. De todas formas era muy pronto para sacar conclusiones. Parecía astuta, su sola presencia intimidaba, quizás escondía las garras para dar el zarpazo cuando estuviésemos descuidados.

Metida en mis delirios no me di cuenta que Francisco me estaba hablando.

—Lydia, te veo demasiado callada. Tomaremos un café antes de empezar la reunión.

Yo intenté disimular lo que era evidente. Pero mi cerebro se desconectaba cuando estaba frente a él. Me cogió del hombro y me dijo: «¿Te vienes a la cafetería?» Mis piernas flaquearon y mi cara enrojeció, sentí que me moría de vergüenza. Él me miró y añadió: «qué mejillas más rojas, te sientes bien».

Desde entonces todos en la oficina me llaman mofletes. Una gran falta de respeto, considerando que desde hace unos años soy la cuarta dueña del bufete.