Sara esperaba. Lo esperaba a él. Al dueño de las mariposas de su estómago, al causante del temblor de sus manos. Solo con pensar en Jorge, su rostro resplandecía.

La dulce agonía de aguardo aceleraba su corazón. Mil y una más, las veces que se asomó a la ventana en busca de una señal de su llegada.

El sonido de una llave la alertó. «Ya está aquí». Una última mirada en el espejo de la habitación y fue a su encuentro.

Jorge entró en la casa, dejó las llaves en el mueble de la entrada.

Mayo, un mal de amor

Mayo, un mal de amor

¡Sara! —Su voz grave invadió hasta el último rincón como la bruma del mar en las tardes de otoño—. ¿Supongo que estarás lista? —dijo él mientras avanzaba hacia el salón—, no quiero llegar tarde. —Miró su reloj y se dejó caer en un sillón.

Sara irrumpió deslumbrante.

—¿Te gusta? Lo compré para esta noche.

Jorge sonrió, sus ojos brillaron por la emoción contenida. Ella giró sobre sí misma.

—¡No me dices nada!

Jorge miraba casi hipnotizado a Sara, pero la magia dura solo unos pocos segundos. Luego, una pequeña mueca en la frente y su rostro se endureció.

—Sí. Es bonito, pero no sé, creo que te sobra algún kilo para este vestido tan ceñido.

El momento se desvanece, todo su mundo comenzaba en el instante donde debió haber terminado.

No fue ni la primera ni la última vez que el aguijón lleno de ponzoña se clavó en su corazón. Como una droga; la adicción iba creciendo. Jorge, necesitaba hacerlo, quizás porque era lo que había aprendido, por inseguridad o simplemente por placer. Sara, aceptaba resignada. En ocasiones le ignoraba, pero en otras limpiaba sus heridas con ilusiones de libertad.

Gota a gota todo se convirtió en rutina, se inmunizó ante la ponzoña, pero cada pinchazo seguía doliendo como el primer día.

Desde aquel momento, más que esperar, buscaba una razón para seguir o una palabra que le explicase lo que había sucedido.

Pero lo que nunca encontró fue la forma de alejarse de aquel mal amor.

 

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