El anciano encontró la llave en el bolsillo interior de su sobretodo, donde debía estar su pañuelo. Metió la mano derecha dentro del abrigo en busca de la útil prenda. Extrañado ante la ausencia, frunció el entrecejo y sacó la mano con cierta celeridad. Rebuscó en los dos laterales. Su incomodidad crecía, no encontraba nada. Una desagradable gota viscosa y trasparente estaba a punto de caer de su nariz. Usó la palma de su mano izquierda para contener el goteo.

Un invierno muy frío, como hacía mucho que no se sentía en Madrid, por fortuna estaba muy cerca de la residencia de la tercera edad donde vivía. A paso acelerado recorrió los últimos metros hasta llegar al portal. Atravesó la sala de recepción hacia su habitación, saludó a la enfermera de turno con la mano derecha entrecerrada; sostenía de forma inconsciente la pequeña llave que sacó del bolsillo.

Al entrar en la pequeña habitación, con apenas muebles: una cama, una mesa camilla, y un butacón de cuero marrón. El único elemento que había podido traerse de su casa. Sorteó los obstáculos como pudo y se dirigió al aseo.

—¡Qué asco! ¿Dónde habré metido el pañuelo? ¿Y esta llave? —Murmuraba mientras se lavaba.

Se secó las manos, salió del aseo y cerró la puerta de su habitación. Colgó el abrigo en el perchero que tenía detrás de la puerta.

—Esta llave no es mía. ¿Por qué estaba en el abrigo?

Durante unos segundos miró el pequeño objeto intentando recordar.

—Claro, he debido coger el sobretodo de otro cliente —se dijo mientras volvía a buscar la prenda.

Revisó los fondillos en busca de más pistas, pero solo pudo comprobar que era el suyo. Tenía las galletas de coco que su nieta le había regalado. «¡Cómo le gusta el coco a esta muchacha!»

Carlos desayunaba todos los días en la cafetería donde trabajaba su nieta. El anciano lamentaba que a causa de los malos negocios de su hijo, su pequeña tuviese que trabajar en lugar de estudiar. Le habían timado y cumplía condena en la cárcel por un fraude que no había cometido.

Carlos se sentó en el sillón que tenía justo frente a la ventana. Jugaba con la llave mientras se preguntaba qué podía abrir. Era pequeña y parecía antigua, con la parte superior muy elaborada en forma de corazón. «Lo más probable es que pertenezca a un mueble».

Carlos, cobijado por el calor del radiador se fue relajando hasta quedarse dormido. En medio de una nebulosa, creyó ver un escritorio de estilo inglés. Con un cajón central y dos puertas laterales, como el que tenía en su despacho el socio de su hijo. Aquel hombre se había deshecho de todo poco antes de desaparecer del país.

El anciano despertó sobresaltado. Recordó el día en que la asociación Reto los recogió para sus almacenes de muebles usados. Era invierno, hacía mucho frío y Carlos llevaba el mismo abrigo.

Debía averiguar si la llave pertenecía al escritorio. Regresó a recepción para hablar por teléfono con su nuera.

—Dile a tu hija que cuando salga de trabajar venga a buscar la llave. Tú localiza el mueble en el almacén de los muchachos de Reto, quizás no lo han vendido. Estoy seguro que esta llave es de ese mueble.

Después de varias semanas, Carlos se paseaba por la residencia feliz como no había estado desde que su hijo entró en prisión. No paraba de contar la historia de su llave.

—¿Recuerdan la semana esa que hizo tanto frío? Yo me puse un sobretodo muy viejo que tenía y encontré esta llave… —Para sus compañeros de residencia escucharlo hablar con tanto entusiasmo era mejor que ver una película.

—Dentro de una de las puertas, el escritorio tenía un pequeño compartimento que se abría con esta llave —el anciano mostraba su trofeo— Allí, mi nuera, encontraron una agenda y algunos papeles bastante interesantes. Según cree el abogado de mi hijo podrán reabrir la causa y quién sabe quizás haya suerte…

El anciano volvía a tener una ilusión por la que luchar.

 

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