Cumpliendo el ritual de cada noche, Amelia, ya con el camisón puesto, recorre la casa comprobando que todo está en orden. Planta baja, todo herméticamente cerrado; doble vuelta de llave. En la planta alta, por el contrario, las ventanas de las habitaciones dejan que se cuele el olor a primavera. Una brisa suave refresca los dormitorios invitando al descanso.

Carlos, el adolescente de la familia, escucha música y chatea con amigos. Siempre metido en su mundo.

—Carlos, es muy tarde. ¿Cierro la contraventana?

—No, mamá. Me gusta dormir con la luz de la luna. Hoy está muy grande y resplandeciente. ¡Especial para los hombres lobo!

—¡Qué tontito! A dormir que mañana hay clase.

Amelia continúa hacia la habitación de Miguel. El pequeño de siete años, la ardilla de la casa, como lo apodó su padre.

—Miguel. ¿Por qué estás debajo de la mesa y con la luz apagada?

—Hola, mamá. Estoy preparando mi viaje a la luna. ¿Sabes? ¡Hoy es el mejor día para visitarla!

—¿Y por qué?

—¡Hoy no es de queso, es de helado de piña! Ven, mamá, siéntate a mi lado y subimos juntos. Pero yo te guío, es que, en esas manchas oscuras, no hay helado, hay sopa. Si nos acercamos demasiado podemos caer al caldero de la bruja que vive dentro de la luna.

Amelia presiente que tendrá una noche complicada.

—Me parece que es muy peligroso y me da mucho miedo. Mejor cierro la ventana y otro día visitamos la luna —dice mientras camina muy dispuesta a cerrar las contraventanas—. Mañana hay colegio y todos madrugamos.

—No, ¡no, mamá!, demasiado tarde. Ya está aquí el rayo lunar. Imposible que se vuelva sin nosotros.

Miguel se levanta, coge la mano de Amelia con gran determinación y prácticamente la arrastra hacia el escritorio. La madre, ya convencida de que será muy difícil interrumpir la aventura que Miguel tiene planeada y se limita a intentar encauzar el juego. Recorre la habitación con la mirada. «Debo buscar un lugar más apropiado o no lograré que se duerma.»

—Bien, me parece bien, pero yo creo que el rayo lunar llega mejor a la cama —dice Amelia—.¿Ves cómo brilla? Mucho más intenso que debajo del escritorio. ¿Qué tal si nos sentamos justo en el centro?

—Vale, te presto mi capa de mago y yo me pongo mi sombrero de copa, así podremos ser invisibles y la bruja del caldero no sabrá que estamos en la luna.

Madre e hijo se preparan para emprender el viaje. Miguel coloca a su acompañante de tal forma que él se pueda acomodar en su regazo mientras narra la aventura lunar.

—Mamá, cuidado con los brazos, que no se salgan de la luz. El mago negro, que está allí fuera, intentará congelarte. ¡No quiere que los niños salgan por la noche!  Recuerda, cuando lleguemos no te separes de mi lado, los habitantes de Lunolandia son mis amigos, si te ven conmigo estarás a salvo. No les gusta que los mayores los visiten.

Amelia, perpleja ante tanta creatividad, sigue las instrucciones de su hijo sin replicar.

—Ya estamos aquí, pisa con mucho cuidado que el helado todavía está muy blando. ¡Pero no comas! Mis amigos se pueden enfadar.

Los dos visitantes avanzan sobre la blanda, fría y dulce superficie lunar.

—En aquella cueva vive el rey Kalu, es muy bueno; siempre viene a visitarme por las noches y me cuenta historias.  Dice que un día me llevará con él, a la casa de la bruja, y juntos la echaremos de la luna. Como él es muy buen cocinero llenaremos los huecos negros con patatas fritas y hamburguesas.

Distintos personajes se suceden apareciendo de la nada, mejor dicho, de la prodigiosa imaginación de Miguel.

El aire que entra por la ventana, o el frío lunar, anima al niño a abrigarse entre los brazos de su madre.  La pelea con los secuaces de la bruja del caldero de sopa se hace menos violenta.

Ella le acaricia las piernas, única parte de su cuerpo que mantiene inmóvil. Sus delgados brazos convertidos en invencibles armas no dejan de guerrear.

Finalmente, el sueño vence a Miguel. Amelia lo acomoda dentro de la cama, lo tapa y con paso casi angelical se acerca a la ventana para cerrarla.

—¡No, mamá! Si cierras la ventana no podremos volver a casa. A mí me gusta el helado y mis amigos de Lunolandia, pero mañana tengo el campeonato de fútbol en el colegio y soy el portero.

«Estoy agotada, necesito que se duerma», piensa Amelia, y se gira con gesto de enfado.

—Pues entonces a dormir. —Arropó al niño, apagó la luz y se dispuso a salir de la habitación.

—Mamá, ¿te acuestas conmigo? En esta cueva de la luna no hace nada de frío. —Miguel se mueve a un lado de la cama dejando espacio suficiente para otra persona— ¿Tú sabes por qué la luna a veces es de queso?

Amelia se detiene durante unos segundos junto a la puerta.

—No, cariño. Hoy el cuento para dormir, de hoy, te tocaba a ti. —Sonríe y vuelve a entrar en la habitación para acurrucarse junto a su pequeño.

 

Sigue leyendo a Liliana del Rosso