Aquella calurosa mañana de agosto, Camilo abrió la puerta de la cocina, su mujer estaba apoyada en el fregadero mirando por la ventana. Sus ojos se perdían en la selva de edificios que apenas dejaban ver el cielo. A su lado, el vapor que salía de la cafetera invadía hasta el último rincón. La tostadora lanzaba fuera los panecillos que clamaban por la mantequilla y la mermelada. Pero Carmen seguía cruzada de brazos, inmóvil, aprisionaba contra su pecho la rabia y la impotencia de ver que su marido había perdido el trabajo.

—Buenos días. —dijo Camilo, con cierto temor, mientras avanzaba hacia la cocina para quitar del fuego la cafetera.

Ante la falta de respuesta se limitó a buscar un plato para las dos tostadas y las dejó sobre la mesa. Carmen continuaba inmóvil, como si no lo hubiese visto deambular por la cocina. Él seguía callado preparando la mesa para el desayuno.

Su falta de trabajo le había convertido en un recuerdo del hombre dinámico de otros tiempos. Sabía que con cincuenta y tantos años sería difícil volver al mundo laboral, pero el motivo de su verdadera angustia era Carmen, ella era incapaz de comprender la realidad del problema.

Tras algunos minutos finalmente Carmen respondió.

—Buenos días serán para ti. —Sus reproches eran lo habitual—  A ver cuando empiezas a trabajar que yo necesito cambiar mi coche. —este era el tipo de comentarios que hacía cuando estaba de buen humor.

Una caída tonta

Una caída tonta

Pero, por lo general solía sonar más o menos así.

—Si te dignases a buscar trabajo podríamos dejar de dar lástima a mis hermanas…

Camilo, desde hace tiempo intentaba no escucharla. En los últimos meses intentaba evitarla. Comía antes que ella llegase de trabajar y se marchaba dejando una nota. «Me voy a hacer una chapucilla con Carlos». Un antiguo compañero de trabajo, albañil igual que él pero con diez años menos.

Intentaba regresar tarde, a esas horas en la que Carmen estaba muy ocupada con la serie de moda y su presencia en la casa pasaba inadvertida.

De todas formas ella siempre tenía preparada una banderilla para clavarle al antaño bravío toro que había sido su marido.

En la tarde de aquella calurosa mañana, Camilo deambulaba por el parque, cosa que hacía con frecuencia para agotar el tiempo de volver a casa. Pero el calor era tan intenso, parecía que la tierra despedía vapor, que el cansancio lo obligó a volver temprano.

Al abrir la puerta de entrada vio a Carmen que estaba en el balcón limpiando el estropicio que habían ocasionado los trabajadores de la empresa que reparaba la fachada del edificio.

Al escuchar el ruido de la llave, ella se detuvo y mirando hacia la puerta dijo:

—Te lo puedes creer, sacaron la barandilla del balcón y me rompieron tres macetas. ¡Qué inútiles, si es que, todos los albañiles son iguales! —Doblada como una ele intentaba recoger la tierra que el viento había esparcido por toda la terraza.

Camilo la miraba desde la puerta de entrada, todavía con las llaves en la mano y pensaba «en que mal momento he llegado».

—Ya sé que lo tuyo es hacer el vago, pero podías colaborar o es qué estás muy cansado de pasear por el parque.

Aquella certera estocada le embraveció, lanzó las llaves sobre el mueble de la entrada y embistió sobre su mujer sin mediar palabra.

Un primer grito y uno, dos, tres pequeños golpes mientras caía y un último golpe sobre el asfalto acompañado de un último grito.

Un gran alboroto, sirenas y una muchedumbre en torno al cuerpo que yacía junto a la puerta de entrada del edificio.

Un mes más tarde Carmen, sentada en el sillón de su salita, con una pierna y un brazo quebrado disfrutaba contándoles a sus hermanas lo afortunada que había sido.

—No sé qué me pasó, estaba agachada recogiendo la tierra de las macetas y me dio un mareo y caí. Fui dando botes de un piso al otro contra la red de protección que habían puesto en la fachada hasta llegar al suelo.

Camilo miraba el aquelarre sin dar crédito a lo que veía. Y pensaba: «Con la de redes viejas y llenas de agujero que he puesto cuando trabajaba y justo en mi casa tenían que colocar la red nueva».

Mientras Carmen continuaba con su monólogo: «Además me tendrán que dar una indemnización bastante suculenta, que nos viene de perlas para cambiar el coche»

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