El verano está a la vuelta de la esquina, ¿tienes el cuerpo preparado para ello? ¿te has probado el bikini del año pasado? ¿Tienes las piernas y barriga duras como piedras? ¿te has puesto ya a dieta? si has respondido que no a todas estas preguntas, te felicito.

Te felicito por no ceder a la presión social y mediática que por estos días está al acecho. Anuncios de playas perfectas, modelos luciendo bikinis de infarto, chicos con torsos bronceados comiéndose un delicioso helado y anuncios de pastillas adelgazantes, cremas reductoras, descuentos de matrículas en gimnasios…

Todos los años sucede lo mismo, cuando llega el buen tiempo y el calor nos entra la prisa por bajar esos kilos de más acumulados en invierno, nos ponemos a dieta estricta, nos matamos en el gimnasio de turno y nos sacrificamos ¿para qué? ¿para quién? ¿para que todos vean lo bien que lucimos en las redes sociales? ¿qué sentido tiene?

Vivimos constantemente bombardeados por mensajes en los que se dice que si quieres triunfar en la vida, si quieres gustar, si quieres ser una persona exitosa, tienes que vestir así, maquilarte asá y comer tal cosa y todos, como una procesión de ovejas, allá vamos en masa a poblar los centros comerciales y dejarnos la paga buscando el secreto de la felicidad que tanto nos han vendido.

Pero ¿y si este verano lo viviéramos como quisiéramos? sin presiones, sin ataduras, con naturalidad, en paz con nuestro cuerpo, pálido, flácido, con rollitos, como sea.

Todos tenemos derecho a estar como queramos y nadie tiene derecho a imponernos nada.

Una cosa es salud, todos debemos cuidarnos mínimamente para estar saludables y tener una vida de calidad, pero no hace falta llevarlo al extremo, hacer dietas milagrosas que no sirven para nada o privarnos de comer ese delicioso helado de vez en cuando.

Por ello te aconsejo que te compres el bikini que más te guste, póntelo y ve a la playa con tu mejor sonrisa, esa será tu mejor carta de presentación y verás que lo demás no importa.

 

 

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