Las expectativas son el camino más corto a la frustración. Cuando proyectamos un deseo, generamos una fuerza de igual intensidad, en sentido contrario y cuanto más enfocamos nuestra atención e intención en aquello que nos hemos propuesto conseguir, más lo alejamos de nuestra vida. La física cuántica nos dice que la energía que proyectamos en nuestros deseos, se convierte en un muro infranqueable que nosotros mismos nos encargamos de fortalecer cada vez que pensamos en lo que queremos. En síntesis, cuando pensamos mucho en algo, lo bloqueamos. Y si esas expectativas las aplicamos a nosotros mismos, ¿cuál puede ser el resultado? Bloqueos en los aspectos esenciales de nuestra vida, esos que más nos interesan. Cada uno de nosotros es el objeto de sus mayores exigencias y a veces desproporcionadas expectativas, sin embargo, no hay nada reprochable en desear y menos, en buscar nuestro desarrollo personal; el problema surge cuando sacrificamos nuestro verdadero potencial en aras de cumplir con determinados parámetros, para encajar en ciertos contextos o recibir aprobación. Ahí empezamos a controlar.

Si no fluyes con la vida, te quedas estancado. ¿Qué hay detrás del afán de controlar? Miedo. En el afán de control, pasas a ser una mosca presa en una telaraña, que entre más lucha por liberarse más se enreda.

Los patrones de perfección son límites mezquinos que algunos se imponen para medir su valor, “si no llenas las expectativas debe ser que lo que haces no es suficientemente bueno y por lo tanto, no vales”. Para muchas personas, el hecho de cometer un error los conecta con un sentimiento de desvalorización que no soportan, así que prefieren rendirse y no actúan. Viven paralizados en el miedo a equivocarse e inventan toda una serie de excusas para justificarse, la preferida de muchos es culpabilizar a los demás.

El origen de la desvalorización es muy variado, pero se puede agrupar en dos grandes temas: el transgeneracional y el niño interior. El concepto de transgeneracional es una de las piedras angulares de terapias como la Bioneuroemoción, abarca las heridas por sanar, aprendizajes pendientes, conflictos por resolver, secretos y dramas vividos dentro de una familia, en el transcurso de varias generaciones. El niño interior, en la Psicología Junguiana, se refiere a la vida emocional. Comprende desde el momento de la concepción hasta los 7 años, es durante esta etapa que el niño establece las pautas que definirán cómo es su relación consigo mismo y con su entorno, que expresará más tarde en su adultez.

Detrás del miedo a equivocarse está la búsqueda de aprobación, así condicionamos nuestra capacidad para amarnos a la circunstancia de ser aceptados y si tenemos una herida de desamor en nuestra infancia y no la reconocemos para sanarla, podríamos pasar toda la vida buscando el amor y encontrando en cambio, situaciones dolorosas que nos conectan con la herida de rechazo y falta de merecimiento que llevamos.

Hay quienes acumulan años y biológicamente son adultos, pero siguen estancados emocional y cognitivamente en la edad en la que vivieron un trauma importante. Los patrones de perfección causan graves dificultades de aprendizaje. Un niño desvalorizado puede tener problemas para aprender.

Aprender a comulgar con la incertidumbre es aceptar que lo correcto y perfecto llegará a mi vida en el tiempo justo. Nunca estamos lo suficientemente preparados para recibir lo inesperado, así como tampoco existe el momento ideal para hacer lo queremos, esta es una excusa para forzar las situaciones y seguir repitiendo pautas conocidas que debemos abandonar, si queremos avanzar en nuestro aprendizaje. Las expectativas se crean a partir de las aparentes certezas, que son sólo creencias. Las certezas son como un vestido viejo y gastado, que ya no nos queda y del cual debemos despojarnos para recibir algo nuevo y mejor. Acepto el desafío de crecer.

La clave para crecer está en aprender a ver el error como un camino de aprendizaje y no una razón para fustigarnos.

Detrás de tus mayores miedos se encuentran tus mayores dones.