Audio de Virginia Gawel: Maitri: práctica de la gentileza.

Es imposible hablar de amor incondicional sin confrontar las dos formas más comunes de tiranía con nosotros mismos: el egocentrismo y el sacrificio. ¿Quién es el mayor tirano: el ególatra o el mártir? Hago esta pregunta al principio de mi reflexión, porque la respuesta parece obvia… hasta que alguien se la cuestiona. Vamos a ver:

MAITRI: amistad incondicional consigo mismo

MAITRI: amistad incondicional consigo mismo

Un egoísta siempre espera que le sirvan, cree que las personas a su alrededor tienen la santa obligación de satisfacer sus necesidades y caprichos, quiere ser el centro de atención, los demás no existen como personas sino como objetos; alguien que está en plan de sacrificio cede su espacio vital para abastecer a otros, se convierte en un animal mutilado servido en una bandeja, para que todo aquel que necesite, tome un pedazo para colmar su hambre hasta que ya no quede nada… Sé que es una alegoría grotesca, sin embargo, es bastante útil para ilustrar la situación.

Siempre he pensado que es más pobre el que espera para ser servido, que el aquel que sirve.

El egocéntrico también puede asumir el rol de víctima para sentirse con el derecho de abusar de los demás; el mártir piensa que sus actos son compasivos porque le gusta victimizar a otros, así como se victimiza así mismo, aunque no lo reconozca. No existen los actos fortuitos y cuanto más rápido reconozcamos nuestras verdaderas intenciones, más libres seremos porque aprenderemos a ser coherentes. Aquel que se sacrifica también busca obtener algo a cambio: aprobación, quiere ser aceptado, reconocido, porque lo motiva un sentimiento de rechazo que proviene de uno de los padres y esta necesidad la proyecta en las personas que conoce. Por supuesto, esta necesidad nunca es colmada y lo que consigue, es decepción y frustración, esta carencia se hace más profunda, un vacío de sentido que sólo él/ella puede llenar a través de su propia aceptación en vez de buscarla en el otro.

El ego adopta disfraces infinitos, el más peligroso de todos es el victimismo. Alguien instalado en el papel de víctima es un cáncer capaz de devorar la vida de aquel que se lo permita.

La provocación del ego es ¿a qué no puedes?, y el espíritu contesta ¿para demostrarle qué a quién?

Nos tiranizamos cuando nos obligamos a hacer algo que no queremos, y para esto el ego es el gran maestro del artilugio y viene con miles de excusas: es que soy tan bueno, tan noble, tan bondadoso, es que el otro me necesita y cómo voy a decirle que no, ¿qué van a decir de mí?, se trata de mi familia, etc., y la lista la puede completar cada uno con las mentiras que se cuenta. Otro de los disfraces más tóxicos del ego, es el ego espiritual y aquí están los que se toman la foto recitando el OM y la ponen de perfil de Facebook, los que se creen con poderes que Hollywood envidiaría, los elegidos que asumen la sagrada labor de juzgar a los demás con el Cristo en la mano y así un catálogo bien colorido con farsantes de distintas cataduras y plumajes.

“Un egoísta siempre espera que le sirvan, cree que las personas a su alrededor tienen la santa obligación de satisfacer sus necesidades y caprichos, quiere ser el centro de atención, los demás no existen como personas sino como objetos…”

El ego es oportunista por naturaleza y su función es encubrir y justificar. Cuando falla el amor incondicional aparece el ego.

Retomo una frase de Virginia Gawel: “La práctica de la no-violencia hacia sí mismo es fundamental para generar vínculos no-violentes con los demás”. Si nuestro diálogo interior es destructivo, lo único que proyectamos son nuestras culpas no reconocidas, y el deseo de castigar nuestras miserias en los demás.

 

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