Me llamo Walburga Neuzil, pero todo el mundo me llama: ” Wally”. Nací en 1894, en un pueblecito de Austria, llamado Tattendorf. Mi padre era profesor de gramática. Tuve una infancia feliz, al menos eso creo, hasta que papá murió; yo tenía doce años. El pueblo ya no tenía nada que ofrecernos. La ciudad, esa Viena tan blanca, tan perfecta, seguro que sería un mejor hogar. La decepción llegó pronto, la pobreza hizo que nos mudáramos hasta dieciséis veces de casa.

En Viena, el imperio de los Habsburgo daba los últimos coletazos pero aún las damas de la clase alta no habían descubierto lo que las francesas empezaban a disfrutar: una tímida pero progresiva, emancipación. Los caballeros gozaban de cierto liberalismo no exento de hipocresía; aun exigentes con la moralidad y rectitud de sus féminas, presumían de sus desahogos libidinosos con prostitutas, muy a menudo, niñas que aún no sabían aun lo que era ser mujer.

Como a mí, la ciudad robó a muchas campesinas la ingenuidad. Arrojadas del campo a la ciudad, sin formación, ni fuerza física, la Revolución Industrial no contaba con nosotras, necesitaba mano de obra masculina, apenas había trabajo para unas pocas. Los ahorros del campo se iban acabando, el hambre, era más hambre con frío y con pena y sacaba a la luz el más fuerte instinto de supervivencia. Bajo el anonimato de la ciudad, la única salida que nos quedaba era la prostitución o si tenías una buena fisonomía, ser modelo para pintores inmersos en esa moda Modernista  importada de Francia, pero que en Viena llamaron Secessionsstil.  Pero el límite entre ser considerada una modelo y una mujer de la calle, era muy débil. Es así como la Viena imperial y culta se llenó de recién estrenadas meretrices, las grabennymphe , mujeres que llenaban de dinero sus bolsillos tras sus servicios sexuales pero también de lágrimas sus rostros. La sífilis hizo que la morbilidad aumentara no solo por la gripe española. El hedonismo tenía también un precio, el sexo podía matar.

No contaré cómo conocí a Gustav Klint, pero fui su modelo por algún tiempo, no pagaba del todo mal, y reconozco que me encantaban aquellas pinturas de oro, de Oriente, de sueños, de sexo, de muerte, de vida… de mujer. En los Wiener Werkstätte (Talleres Vieneses) coincidía con otro pintor amigo suyo, más joven que él y tal vez su más ferviente admirador. Debía ser suficientemente virtuoso, como para que con solo dieciséis años, lo hubieran admitido en la exigente Academia de Bellas Artes dejando frustrados a otros aspirantes como un tal: Adolf Hitler… ¡Dios mío! ¿Habría sido el mundo diferente? Se llamaba Egon, Egon Schiele. Era menudo, con más huesos de la cuenta, disperso en su mirada, incapaz de disimular cierto desasosiego interior. Mientras yo posaba; escuchaba. Hablaban del aburrido academicismo y de un tal “movimiento de secesión”. Un día, el delgaducho le pidió a Gustav que si no le importaba que yo fuera su modelo, estaba un poco harto de buscar a chicas en los cafés y calles de la ciudad y de asistir a la consulta de su amigo ginecólogo para observar aquellas increíbles posturas de mujeres parturientas y que le servían de inspiración.

Es así como empecé a posar para Egon Schiele y es así como se escribió el último y más importante capítulo de mi vida. Poco a poco fui conociendo al que elevaba a obra maestra las líneas de mi cuerpo. Descubrí a un hombre con un pasado tortuoso: un incesto y una madre impotente para detener los fallecimientos de dos de sus hijos, herencia genética de la sífilis que padecía su marido. Cuando Egon me lo contó, comprendí que aquellos autorretratos exhibieran su órgano sexual – o la ausencia del mismo-, de un modo tan inquietante e interrogador. Para Schiele, como para Mahler, el joven Freud o Gustav Klint, el sexo aparecía frecuentemente vinculado a placer pero también a infancia, a enfermedad y a muerte.

Poco a poco, ayudé a que Egon se enfrentara a sus contradicciones y a que fuera descubriendo otra forma de ver la vida más amable. La confianza fue ganando terreno. Yo no solo ejercía de modelo, llevaba sus cuentas, mantenía contactos con inversores, y a pesar de mi origen humilde, me desenvolvía con soltura en las soirées de la capital austriaca. Eso sí, nunca renuncié a expresar mis ideas liberales y críticas con el ensimismamiento de esa sociedad, que parecía ajena a lo que estaba pasando en una Europa que empezaba a cuestionarse sus viejas formas.

Egon no podía dejar de pintar, lo que no podía expresar con palabras lo hacía con sus dibujos, era su peculiar modo de hablar. Pero, excomulgado con frecuencia por los círculos artísticos más obsoletos y tachado en no pocas ocasiones de pornográfico, la ciudad se volvía hostil y nos trasladarnos a Krumau, el pueblecito donde nació su madre. Alquilamos una casa con un pequeño jardín y como a Egon ya no se les estropeaban los tintes de sus pinturas, cuando hacia buen tiempo, yo me desnudaba y posaba en el pequeño jardín con un vallado suficientemente agrietado, para que entre sus lamas, medio pueblo descubriera con escándalo, mi cuerpo desnudo. A ello se añadió que vivíamos en pecado, no estábamos casados. Así que, irnos, sería la mejor decisión.

Neulengbach fue nuestro siguiente hogar, era una ciudad pequeña, donde había muchos niños, había una buena escuela y el pueblo no había sufrido el despoblamiento de esa migración tan repentina. A Egon le gustaba pintar niñas púberes sorprendidas con la transformación de su propio cuerpo. Conocimos a Ita, una chiquilla de doce años con un rostro que merecía varios retratos. Iba al estudio después del colegio y las largas sesiones consiguieron que naciera cierta amistad. Un día Ita decidió que su vida será más fácil lejos de su hogar, buscó refugio en nuestra casa. Egon, sin saber el riesgo que corría, le abrió las puertas. Los padres de la niña lo denunciaron y fue detenido por rapto y varios cargos más.

(…Una ave salvaje, encerrada en una jaula, sin poder volar…)

Sus alas no podían cerrarse para siempre. Yo intentaba que no desfalleciera, lo visitaba todos los días y me encargaba de que sus intereses no se vieran perjudicados. La puerta de la jaula del pájaro salvaje, la abrieron después de 21 días, los más largos de mi vida, y tal vez de la suya también. A falta de pruebas lo condenaron por “conducta inmoral”.

Por fin libre. Pero el pájaro había mudado su plumón. Egon se había hecho adulto. En sus obras, los contornos, líneas, los colores y trazos, tomaron otra dimensión.

Nos trasladamos a Viena, alquilamos un luminoso estudio en la zona de la Ringstrasse. A pesar de recibir afiladas críticas, empezó a fascinar a sus contemporáneos y a exponer cada vez con más frecuencia. Se pasaba muchas horas en el estudio. Demasiadas, empezó a darme excusas. Un día me dijo que se casaba. Pero no conmigo, sino con la vecina que vivía justo en frente del estudio, se llamaba Edith Hará (Dios mío, fui yo quien se la presenté). Su boda repentina se debía porque tenía que marchar a la guerra y además Edith, criada en una familia medio burguesa, según contó a sus amigos, “le daría más respetabilidad”.

“Yo te sigo queriendo Wally, mi adorada Wally…no puedo soportar dejar de verte, te propongo que los veranos los pasemos juntos, Edith lo comprenderá y se quedará en casa”.

El dolor te hace acercarte a un dolor ajeno al tuyo más intenso, como si tu sufrimiento fuera así más soportable. La Guerra arrebataba vidas y almas. Estudié para ser enfermera y me fui a un hospital-campamento de la Cruz Roja en Dalmacia. No pasé ningún verano, ni ningún invierno más, nunca más sería modelo de nadie, sino de mi misma. Había tanto por hacer, aunque reconozco que alguna noche que otra bajo aquellas lonas que apenas evitaban el frío paralizante y la música atronadora de la muerte, abría la maleta donde tenía guardados sus dibujos. Ese simple gesto me consolaba y me acercaba a él. Lo había querido tanto y creo que a pesar de todo, lo seguía queriendo.

Wally murió a consecuencia de la escarlatina, tenía solo 23 años. La enfermera se la encontró con un dibujo de Egon apretado en una mano como si ni siquiera la muerte hubiera podido arrebatarle a su amor. Tiró el papel al cubo oxidado, donde había gasas con restos de sangre: “basura” dijo, “pura pornografía”.

 

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