“La vida no es más que una sombra en marcha, un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.”

Qué buena definición de lo que es la vida, Macbeth. Una historia de ruido y furia que al final no significa nada. Ruido y furia. Ruido y furia. Ruido y furia. Repetidlo. Las erres resbalan raudas raspando, vibrantes y fricativas, la úvula. Resulta espectauvular. Es una fanfarria de chicharras, un rugir de roedores en raeduras. Suena a canción guerrera de valkirias, a arenga ardorosa antes de las Árdenas, de Rodas, de Normandía. Es más veraz y menos falaz que esa máxima hollywoodiense —oh, sí, Máximo— del “fuerza y honor”.

 

El ruido y la furia.

Qué gran definición vital, insisto. Nacemos berreando, intentando regresar a la noche amniótica; entramos en la pubertad gritando con una voz que no reconocemos y que impacta sin discernir en molinos y en gigantes; y morimos en quietud, quizá porque confundimos la mortaja con el abrazo de una madre. Pero no nos engañemos: por dentro gritamos y pataleamos intentando romper la crisálida que nos atrapa.

Ruido y furia.

Pasamos por la vida intentando hacer todo el ruido posible, intentando ser escuchados, ser eco que retumbe cuando nuestra voz muera. Pero la voz de la mayoría se pierde en la turba como una lombriz de sonido. Y eso nos enfurece. Y nos hace gritar. Y al no oírnos, nos enfurecemos aún más. Ser o no ser. Y de Macbeth pasamos a Hamlet. A la duda existencial. Vamos, Hamlet, ¿no eres capaz de terminar una frase? ¿Tienes miedo de poner voz a tus sentimientos?

 

Para mí ya pasó el tiempo de las dudas, el tiempo del miedo a las palabras. Estoy demasiado cansado para gritar, demasiado viejo para patalear, demasiado cínico como para dar nombres. Tengo la ventaja de la palabra escrita, claro. Y a eso voy. Ese es mi desahogo, mi grito, mi manera de exorcizar y de recordar: escribir.

A veces, bitácoras como brújulas; otras, diarios; las menos, verdades que no debería leer mi madre.

Y cuando me suelto las riendas, soy ruido y furia.

Es el cebo para el tigre. Durante mucho tiempo fui la carne sanguinolenta que atrae al felino. Ahora soy los ojos oscuros agazapados en matorrales de papel y clavados en tu nuca. Soy el ruido y la furia de las palabras que jamás creí que escribiría.

Redoble de tambores.

Sigue leyendo a Mario Peloche