Estamos vivos de milagro.

 

Locos de pelo ralo, de peinados raros, de países rojos, de yihads y versos satánicos, viven con el dedo pegado a botones atómicos; cepas de virus se cultivan en añadas de pandemias, en cajas de Pandora para abrirlas y, oh, sorpresa, ya está aquí la Guerra mundial Z; envenenamos el agua que riega la Tierra, los frutos que nos alimentan, el cuerpo ⸺tumba, riqueza y cobijo⸺ que nos sostiene y sustenta.

 

Estamos vivos de milagro.

 

Habitamos un cuerpo que no es nuestro. Vivimos en usufructo con decenas de especies, okupas y dueños de nuestros huecos ⸺ácaros que recorren el mapa de nuestra piel, lombrices nuestras tuberías, bacilos que nos recalientan y nos resfrían, flora y fauna bacteriana en la selva de nuestras vísceras⸺, y que más pronto que tarde, en cuanto nuestra carne se enfría, acaban, pica que pica en Flandes, bailando y comiendo sobre un cuenco de tripa y huesos.

 

Estamos vivos de milagro.

 

Cabalgamos en el espacio a lomos  de una bola de barro sin cinturones de seguridad, ni bridas  ni frenos; somos cosmonautas con mapas estelares de Ikea pilotando una nave que no entendemos, surcando un espacio  vacío y a la vez lleno de cometas, agujeros negros, púlsares y quásares, supernovas que estallan, meteoritos, materia oscura, horizontes de sucesos; quizá de extraterrestres buenos, quizá de otros con ganas de comernos.

Quizá de Dios, sea eso, él, ella o ello.

Estamos vivos de milagro.

 

Vivimos a merced de mil emociones, y entre estas, la que pesa, la que suma y la que resta: amor. El amor, claro, el amor, no me digáis ahora que no. El amor mal entendido, el filial, el consentido; el irracional, el no pedido; el correspondido y el que no (que amar, aunque no te amen, es amor, aunque de un solo sentido); amor al arte, al uso, al amor del agua o del fuego; amor propio o de Platón; amores mil o mil amores; amor libre,  de amor preso.

Pero cuando cualquier forma de amor se acaba, un poco de nosotros queda muerto.

 

Estamos vivos de milagro.

 

Transitamos expuestos a los demás en el escaparte de nuestra vida. Somos figuritas de cristal, frágiles y carentes de noción de nuestra condición quebradiza; objetos sensibles a las envidias y a las codicias, al borracho en un auto, a la explosión de goma 2 o butano, al atraco callejero, al resbalón en la ducha, al infarto en un orgasmo, al ahogamiento en el mar, al resfriado mal curado, a la picadura de un bicho, a caer de una bicicleta o de un quinto piso.

A morir por lo que uno ha callado o por lo que haya dicho.

 

Estamos vivos de milagro.

 

Desde que nacemos empezamos a morir. No hay verdad más absoluta que esto. El tiempo, siempre el maldito tiempo, cadena de acero inexorable que tira de nosotros del útero al enterramiento.

El anciano no es más que un niño que anhela el hueco oscuro del vientre materno.

 

Estamos vivos de milagro.

 

Pues vivamos, hostia, vivamos.

Decidlo alto, jubilosos, enfadados, pero decidlo: vivamos.

Que no nos lo tengan que pedir ni enseñar, que lo sintamos.

Que la vida es una hipoteca de dos días, y a veces se acortan los plazos.

Que no tenemos otra, o igual sí, pero no nos fiamos. Porque de milagros están los libros llenos, los cuentos chinos, las homilías, las iglesias, los templos. Pero como milagro, milagro, la vida, hermano.

Así que…ya sabes.

No sé qué haces leyendo esto, y es peor si te lo están contando.

No pierdas un segundo.

Vivamos.

 

Sigue leyendo a Mario Peloche