¿Jugamos?

 

Era una pregunta trascendental en nuestras vidas cuando éramos pequeños.

Si respondían con un sí y de verdad queríamos jugar con esa persona, éramos inmensamente felices.

El problema llegaba cuando nos respondían con un «no», sobre todo si no sabíamos manejar muy bien la frustración. Varias veces se negaron a jugar conmigo, hasta que aprendí el arte de «tú te lo pierdes».

Tú te lo pierdes es una frase que nos redime de un modo inimaginable, porque nos hace valorar nuestra existencia. Nos hace vernos como una invitación más que como una petición. Algo así cómo, -te he dado la oportunidad de conocerme pero prefieres no hacerlo y eso para ti será una pérdida-.

Y lo es, la vida es un carrusel y el niño que te bajó del caballito ayer, hoy te mira desde la barda perimetral del parque de juegos.

Pero eso no es todo cuando jugábamos con alguien que aceptaba nuestra invitación, se establecía una deuda, había préstamos, pactos rotos y desilusiones.

Incluso había arrepentimiento cuando el compañero de juegos resultaba con el tiempo agotador. Y es de deudas de juego de lo que quiero hablar, cuando jugamos alguien gana y alguien pierde hay una cuota de felicidad y otra de insatisfacción.

Se establece una deuda no explícita, un contrato donde alguien la pasa mejor y otro no tanto, de eso se trata el juego, nos capacita para la frustración. A veces jugamos sin nada que perder y otras veces jugamos queriendo ganar todo.

El juego en sí mismo nos capacita para manejar ambas situaciones, la pérdida y la ganancia. Querer jugar a algo, a lo que sea, nos convierte en individuos que saben aceptar reglas implícitas o que se enojan por no salirse con la suya.

La vida es un juego; el que se enoja pierde; mismo juego, mismas reglas…

Frases que usamos a diario, mientras jugamos a ganar, pero perdemos por no querer perder. Así que si aceptas jugar y en ese juego contraes algún tipo de deuda, sencillamente págala o retírate del juego, no seas un mal perdedor y un pésimo jugador.

 

Sigue leyendo a Moira Magenta