¿Será posible que existan personas predestinadas a encontrarse? o que, de alguna manera burlona, extraña y retorcida ¿estén conectadas sin darse cuenta?

Para mi es innegable; en algún momento he experimentado la inexplicable y angustiante dicha de descubrir en alguien que he dejado atrás, múltiples puntos de conexión.

Y es que a veces no estamos preparados para tales encuentros, dejamos atrás personas, por miedo, por inseguridad, porque nos representan situaciones que no podríamos controlar. Se quedan con nosotros, no obstante, en forma de sombras.

 

En cada esquina hay una sombra

En cada esquina hay una sombra

Alguna vez escribí, «en cada esquina hay una sombra dispuesta a encontrarse con su propio cuerpo».  Y sí, encontramos esa sombra que no es otra cosa que la proyección de un deseo reprimido, un fantasma que no hemos querido que se materialice, que no hemos permitido hablarnos, porque nos asusta, porque nos recuerda que tenemos una parte oscura y otra iluminada, que esa sombra merece tener un cuerpo, una forma, un lugar donde expresarse. Y tiempo después cuando estamos dispuestos a aceptarla reaparece materializada.

Hay encuentros y desencuentros postergados.

 

 

“En cada esquina hay una sombra dispuesta a encontrarse con su propio cuerpo”

Me recuerda en cierta forma a aquella leyenda del hilo rojo, aunque claramente no vemos el hilo por ningún lado y aún así hay una maraña de situaciones que nos unen a ciertas personas, si bien la leyenda dice que el hilo no puede romperse, también dice que puede alargarse, retorcerse.

Nos encontramos con las mismas personas en situaciones también muy conocidas, quizás porque se nos da la oportunidad de desenredar la madeja de nuestras vidas, de encontrarle el propósito a la sombra que nos sigue o de reconocer que esa «sombra» merece que la volteemos a ver a la cara y le preguntemos que hace siguiéndonos durante tanto tiempo. Esa es la única manera de desvanecerla.

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