Lamento de Una Baby Boomer

PARTE 2

SOMOS DE MENTE ABIERTA

 

Los de esta generación somos diferentes, decimos lo que sentimos, especialmente desde que estamos más viejos. A mi me encanta salir con mis amigas. Hablamos de la moda, los hombres, y el “otro” lado de la familia. La cocina, nuestros hogares, los nietos y los programas de televisión son temas favoritos y, al contrario de nuestros padres, quienes evitaban hablar de política y religión, nosotros entramos en acaloradas discusiones de lo que hicieron o dejaron de hacer los políticos, y esos últimos comentarios del Papa… Somos de mente amplia y hay muy pocas cosas que no aceptamos en el prójimo. Todo lo que hagan en su hogar como adultos y la manera en que se quieran identificar, ya sea en su sexualidad, religión o carrera, es aceptado, “Después que no le haga daño a nadie”. ¿Será porque nosotros fuimos “anómalos” e “inadaptados” en algún momento durante la rápida transición cultural entre los años 60 y los 70?. Ahora estamos comenzando a hablar de nuestros achaques y como a veces se nos olvida algo por ahí. Nos reímos al comparar la energía que teníamos “antes” con lo temprano que nos quisiéramos acostar ahora. Todo está cambiando y lo aceptamos con el mismo corazón juvenil que nunca quiso ser adulto y que ahora no se va a rendir a ser “mayor”. El otoño de nuestras vidas nos ha enseñado que no somos tan importantes y perfectos como nos creímos, no somos tan guapos tampoco. Todo cambia, será por eso que aceptamos las imperfecciones y las opiniones contrarias de los demás con bastante facilidad. Ya no nos tomamos tan en serio, una vez movíamos al mundo y pensábamos que nuestras opiniones eran las correctas y los demás no sabían de lo que estaban hablando. Esa es la manera joven de pensar, ya nosotros no vemos las cosas así. Ahora hasta nos reímos de los que se acaloran demasiado por las opiniones o el estilo de vida de otros. Siempre fuimos y ahora, más que nunca, somos de mente abierta. La sociedad de hoy no nos va a sorprender como nosotros sorprendimos a nuestros padres y a los adultos en los años 60 y 70.

OTOÑO

 

Llegó el otoño, lo supe y lo sentí desde que se cayó la primera hoja en mi patio afines de septiembre. Lo sentí con un ligero dolor en el pecho, como un recuerdo desagradable que no quisiera entretener, como aquella mirada de desamor que me dejó sin palabras y un doloroso taco en la garganta. Así me afecta la primera señal del otoño, así me ha afectado siempre. Para mí el caer las hojas avisa la oscuridad del invierno y de otro verano que no volverá. Otro verano en que quise saltar y bailar en los marullos y no lo hice. Quise comerme un guineo en el parque, debajo un árbol mientras escribía un poema de amor y no pude. Otro verano que se fue. Por lo menos me senté en el sol y dejé que su calor me arropara cariñosamente, mientras le rogaba que no me dejara, que sin él la tristeza me invade. Todos los años es lo mismo, el caer de las hojas me dice que pasó el verano de mi último cumpleaños y me pregunto si veré el del próximo.

Las hojas siempre se ponen más bellas antes de desprenderse del árbol, y mueren después de alcanzar su más regio esplendor. Entretienen con su brillante color, pero hablan del gris, frío invierno que se aproxima. Me comparo con ellas. Una vez fui esa hoja encendida, la roja. Fui impetuosa, regia, valiente, y ahora mis colores se van apagando, jajaja, todavía no me he caído del árbol, pero me aferro a él en mi propio otoño.

 

Me veo en primavera, tan feliz,
el olor de las flores era el mío.
El otoño en mi vida es un desliz
que me trae amargura, harto de frío.
En mi espejo quedó su cicatriz
y ahora es al invierno que yo hastío.

 

Lamento: Las nuevas generaciones no estén tan dispuestas a aceptar las opiniones de los demás, como como lo hicimos nosotros. Recuerdo ir a Ponce a visitar a un grupo de hippies que se habían mudado a Puerto Rico a principios de los años 70. Mi hermano y yo nos íbamos los sábados por la noche y los encontrábamos en la Plaza de Ponce. Ellos dormían en la playa o vivían en comunas, no se bañaban y supuestamente tenían piojos. Aún así, mi hermano y yo los encontrábamos interesantes. Tal vez porque ellos eran tan diferentes a nosotros y nuestra forma de pensar. Era como visitar a los residentes de un país distante, pero habían llegado aquí, a Puerto Rico. Su estilo de vida, su ropa rara, su libertinaje, su uso de drogas y su perspectiva eran todo lo contrario a como nosotros nos habíamos criado. Muy cierto, no habríamos vivido así por un minuto, pero no los juzgábamos. Hablábamos con ellos y llegábamos a la casa, esa noche, con nuestras jóvenes mentes nutridas de algo nuevo, esa vida no era de nuestro agrado, pero otro ser humano había elegido vivir así. Ellos también disfrutaban hablar con nosotros. Nos unía la música, el ser jóvenes, sonrientes y soñadores. Cuando uno es de mente amplia acepta a los demás y sus puntos de vista sin peleas, sin desacuerdos. Joven, si no quieres estar en ese bando, no lo tienes que seguir, tampoco lo debes atacar o evitar, después que no te hagan daño, ni a ti o a los tuyos. Darle oportunidad a otros grupos que se manifiesten, aunque tú los encuentres “ofensivos” es una manera de enriquecer tu vida y aprender. A veces dirás, “Esa es precisamente la razón por la cual no los soporto”, pero otras veces los encontrarás interesantes y hasta llegarás a estar de acuerdo con ellos en algunos aspectos que te sorprenderán.

 

Nelly Vega-Sorensen

Puerto Rico

Sigue leyendo a Nelly Vega-Sorensen