PARTE 1

Soy una Baby Boomer, hija de uno de esos jóvenes soldados que viajaron a tierras lejanas, a la vida o a la muerte, en la Segunda Guerra Mundial, porque era su deber y el país lo requería. Muchos no regresaron, pero los que volvieron después de la guerra, llegaron con deseos de establecer sus vidas y formar una familia. De ahí el término “Baby Boom” refiriéndose al fenómeno demográfico natal resultante, desde el 1946 hasta el 1964. Ahora, esos bebés, en su mayoría, han enterrado a sus padres con ceremonias militares y recordando a quienes formaron parte de “La Gran Generación”.

 

LA VIDA

 

La vida en su picardía,

nos enmaraña en su velo

porque cuelga como anzuelo

a la fugaz alegría.

 

Al nacer procuraremos
a esa fugaz alegría,

y empezando en ese día
a gritos la añoraremos.

 

 

Sin entender que la risa

la traíamos por dentro,

y después del primer llanto

 

apareció la sonrisa

y en maravilloso encuentro
se eliminó aquel quebranto.

 

Como Baby Boomers rompimos las reglas, influyendo en la moda, la música y la cultura anglosajona, en general. En los años 60 y 70 implementamos una independencia juvenil que las generaciones anteriores no habían conocido, especialmente en los países latinos. Éramos dueños de nuestro destino, las mujeres quemaban sus brasieres, mientras muchos hombres protestaban contra la guerra y el servicio militar declarándose “objetores de conciencia”. Todavía estamos rompiendo las reglas. A muchas “Boomers” les encanta los hombres más jóvenes. Las mujeres mayores, hoy en día, se cuidan y se arreglan de una manera que atrae a los jóvenes y esas mismas mujeres, que anteriormente consideraban esas relaciones como algo que solo haría la vecina loca, ahora disfrutan su libertad sexual, con quien quieran. En épocas anteriores vimos a más de un hombre abandonar a su esposa por una más joven, ahora le a tocado a las mujeres de “cierta edad” ampliar su menú romántico. Tampoco olvidemos los cambios que surgieron para los hombres con la llegada de Viagra.

Seguimos trabajando a los 60 y 70 años. Viajamos solos y acompañados, somos sociables y nos encanta opinar sobre todo lo que está sucediendo, hoy en día con la juventud, sabiendo que fuimos rebeldes y alborotados también. Nos reímos de la vida y entendemos que nuestros padres y abuelos NO ERAN COMO NOSOTROS. Ya mayores, nos gusta ser independientes de nuestros hijos, como un día luchamos por ser independientes de nuestros padres. Por cierto, la nueva generación, aquellos que ahora defienden sus “libertades” a gritos, en muchos casos depende de nosotros para que los ayudemos con sus hijos y económicamente, entre otras cosas. Algunos de nosotros nos encontramos criando nietos o cuidando a uno o ambos padres. Las cosas nunca han sido fáciles para nosotros, pero enfrentamos los desafíos con chispa y determinación porque así fue esta generación desde un principio.

La vida nos enseñó que debemos luchar y levantarnos temprano para confrontar sus obligaciones con energía y valor. La nueva generacion algún día entenderá, igual que nosotros comprendemos ahora, que después de tanto fajarse por las cosas materiales el tren de la vida, en el que viajamos día a día a veces sale tan ligero de la estación que puede dejarnos ahí, con las manos vacías, porque es mejor tener un poco menos y disfrutar los días en familia. El dinero viene y se va, pero los seres queridos cuando se van para nunca regresar.

 

EL TREN

Cuando el día está ajorado
puedo perder la paciencia,
no sonrío con frecuencia
no siento a Dios a mi lado.

Y así voy de pasajera
parti en ese tren sin vía
que vuela de día a día
conmigo mirando afuera.

Y mi existir va pasando
por cuantiosas estaciones
del tren que va conspirando.

Escribiéndome mil quiones
de altas y bajas volando
desarmando mis pasiones.

 

LAMENTO que aquello que nos hace apreciar el valor de nuestra existencia no se revela hasta que envejecemos. ¿Será porque las obligaciones y la ambición de la juventud no nos permiten sentarnos, ni por un momento, para apreciar lo rápido que todo se mueve a nuestro alrededor, y un día nos preguntaremos …

¿Cuándo se pusieron tan viejitos mis padres? Ese niño que se fue a la universidad… ¿Pasé suficiente tiempo con él? ¿Cómo me recordará? Aquella amiga que llamaba a cada rato, hace un tiempo no sé de ella. ¿Estará enferma? ¿Será demasiado tarde para decirle cuánto aprecio todo lo que hizo por mí?

 

Sigue leyendo a Nelly Vega-Sorensen