PARTE 3

 

LA MODA, El ROMANCE Y ALGO MÁS

 

Me considero participante y observadora de las normas sociales que los Baby Boomers establecieron, dañaron o borraron, dependiendo a quién se le pregunte. Me adopté, a ojo cerrado, a la moda de los 70. Por un tiempo, las pestañas postizas y el “fall” del cabello humano fueron mis aliados, para una noche de salsa con La Selecta en Puerto Rico o Tito Puente en Nueva York. A principios de los años 70 fue con mini falda y luego con mi traje midi, ceñido en todos los sitios apropiados. Algunas éramos delgadas y otras más llenitas, pero ninguna necesitó un trasero falso para atraer al sexo opuesto. Para eso estaba nuestras sonrisas, los chistes, la amistad y la mirada. Salíamos a bailes o a encontrarnos con amigos llenas de ilusiones y expectativas de que “algo especial” podía suceder. Al frente de nosotros estaban todas las posibilidades porque éramos libres (no según nuestros padres) pero si en nuestro corazón. Ese fue, también, el tiempo de los grandes boleristas de Puerto Rico, el Caribe y Sudamérica. Las jóvenes ambicionaban vivir el romance de los álbumes de Tito Rodríguez. Todo lo que pudiera suceder “En La Oscuridad” era lo que anhelaba nuestras fantasías. La vida era un romance y una aventura, creíamos que nunca íbamos a morir, que éramos invencibles y que las cosas malas solo les ocurrían a otras personas, en lugares lejanos.

 

Creciendo al son de los boleristas clásicos del Caribe, los cuentos seductivos de Corín Tellado, las novelas románticas en la televisión, los amores imposibles de los hermanos de la finca Bonanza, idealizábamos lo que era un hombre guapo, “Un hombre interesante” con los artistas y cantantes de la época. Tom Jones nos dejaba sin aliento, pero Sandro, con sus encantadoras canciones, era el gitano de nuestra imaginación. Como latinas, estábamos un poco confundidas con la fama de la modelo Twiggy porque teníamos a Iris Chacón. Estábamos al día con los amores de los artistas e incluso el rey de España y con esos amores ya estábamos aprendiendo que la historia no siempre termina cuando la princesa se monta en el caballo blanco y se va con el príncipe volando entre las nubes con suave música de fondo. Una de las historias que siempre me capturó fue la de Adele, la hija de Víctor Hugo, que dejó todo para seguir a un hombre que la rechazaba.

 

 

 

UN SONETO A ADELE

 

Narraste cómo amaste sin mesura,

mil angustias habitaron tu diario.

Dibujan el dolor de tu calvario,

tus cuentos de obsesión y de locura.

 

Buscabas al teniente de tus sueños,

más él te rechazó sin compasión.

Tu núbil, inocente corazón,

nos mueven, hoy, después de seis cuatreños.

 

Triste historia que tantas han vivido,

mil veces se perdona a quien amamos.

¿Qué mujer por un hombre no ha sufrido?

 

Adele, igual que tú nos entregamos

y “locas por amor” nos hemos ido,

detrás de ese canalla que adoramos.

 

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