Una noche de 24 de diciembre
Recordando navidades pasadas

Recordando navidades pasadas

Encendí todas las velas de Navidad en la sala y el comedor, una euforia de alegría contenida en cientos de globitos llenó mi casa. Me había levantado temprano, como en todas la Navidades que recuerdo, llena de expectativas en mi corazón. Dentro de todo lo festivo aún resaltaba el lúcido cuadro de mi papá, que ocupaba una esquina de la sala. Antes de pensarlo, mi mano se deslizaba por encima de esa foto de papi, sobre su impecable imagen, a los dieciocho años, vestido de mejicano.

Así plasmó su primera aventura en un país extraño, lejos del pequeño pueblo que dejó en Puerto Rico, lejos de su madre y de sus hermanitos, en busca de un futuro, demasiado joven pero lleno de esperanzas. En la parte superior de la foto, en su propia letra, «Recuerdos de Méjico, para mi querida madre, tu hijo Rafael«. Mis dedos acariciaron su cara, sus hombros, cada mano, y sentí su amor. Lo sentí como cuando suavemente rozaba su cabeza de ancianito en sus últimos días y había una conexión especial entre nosotros, cuando yo pasaba mi mano por su cabello blanco.

Entonces mis ojos bajaron a la mesita delante de la imagen de mi padre. Allí, entre misceláneas de Navidad, tenía una pequeña foto de mi hermano, quien también había partido hacía unos años. De momento mis dedos corrían sobre la carita sonriente. Toqué su pelo rubio y contemplaba sus ojos azules mientras los míos se humedecían y percibí su presencia, como cuando me visitaba en Navidad y me alegraba con elogios hacia mis adornos, mis muñecos, mis luces, mis árboles, con lo que él llamaba un «arte especial» para esos detalles.

Recordando navidades pasadas

Recordando navidades pasadas

Secando mis lágrimas, quería entretenerme con las fotos de Navidad de mis nietecitos, en la misma mesa. Algunos con Santa Claus, o en mi falda al frente de un árbol, con mi papá, con mi hijo, y vestidos de pastores en la velada de la iglesia. Hice una lista mental de todas las cosas que quería hacer con ellos esta Navidad; Volveríamos a leer la historia de la natividad y los tres reyes, hornearíamos galletitas y yo le añadiría todavía más bastones de dulce al arbolito de mi hijo. Tendría que llegar temprano a su casa, cargando coloridos regalos para cada uno de ellos, para retratarlos mientras los abrían. Haríamos muchas cosas durante la semana de vacaciones; Ir a Nueva York para ver el gran árbol de Rockefeller, comer en un restaurante, llevarlos de compras con su dinerito navideño. Estar con ellos. Y cuando me preguntaran, otra vez, por qué a veces estoy alegre y otras triste en Navidad, les respondería que todavía son demasiado pequeños para entender las cosas de adultos, como les he dicho en otras ocasiones.

 

Entonces los vi en mi mente, en un futuro ya adultos, abrazando un retrato mío en la fría alborada de una noche buena y sintiendo mi gran amor a través de la magia de la Navidad.

 

Yo cantaré en devoción,
en el frío amanecer,
llegando a casa a prender
las guirnaldas del balcón.
Lo anhela mi corazón,
y cuando llegue septiembre
que el Niño Dios en mi siembre
la paz y conformidad,
por si es esta Navidad
la de mi último diciembre.

 

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