– cuento corto –

 

Consuelo, hija de Salomé y Donald, nació en Bogotá, luego de la devastación que desataron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC.

Los guerrilleros se diferenciaron en comunistas y “limpios”; éstos  se unieron al gobierno central para liquidar a los comunistas, y así se inició la Operación Marquetalia, con ayuda de los estadounidenses. Los comunistas perdieron en los enfrentamientos. Sólo quedaron vivos 52 guerrilleros y dos mujeres, una de ellas, Salomé, amante del comunista Marulanda.

Una mañana el teniente Donald fue al hospital de emergencias y encontró a una Salomé vencida y que no ocultó su admiración por el musculoso cuerpo de él. Donald sonrió.

En la madrugada Donald se presentó ante ella, quien no rechazó el amasijo de caricias.

Un grupo de mujeres del pueblo que habían sufrido la crueldad de la guerrilla comprendieron el amorío ya de varias semanas. Se sintieron enfurecidas y sentenciaron:

—Qué bonito, cambia de amante, ahora un gringo, ya no más Marulanda.

—Hija e’puta. Su conciencia cargará con la muerte de nuestros hijos.

Una de las mujeres también la increpó:

— ¡Eres una desalmada! ¡Te odio!

Una vieja con ojos de serpiente, lanzó una maldición:

— ¡Traidora! ¡Desdichada! Ya verá que una boa se tragara a toda su descendencia.

Con semejante odio a sus espaldas, Salomé siguió a Donald hasta la capital, donde nació y creció Consuelo, quien ya adulta se largó a Venezuela donde encontró un rico heredero llamado Luigi con quien contrajo nupcias.

Sus planes iban bien, hasta que la sombra del resentimiento, base de las fuerzas guerrilleras, opacó al país que le había acogido.

Consuelo de forma tajante enfrentó la situación a pesar de las protestas de Luigi:

—Mude la empresa a los Estados Unidos y solicite visa de trabajo.

Así lo hicieron. Llegaron a USA y se instalaron en una hermosa casa con jardines colindantes a los lagos y piscina cercada con una malla y una puerta hacia la zona verde por donde paseaban patos y tortugas.

Luigi se vio en la necesidad de viajar constantemente y Consuelo sintió los rigores de la soledad.

Al lado vivía una familia hindú, a la que pertenecía Nayaran, un soltero fornido.

Consuelo y Nayaran comenzaron a intercambiar saludos.

Consuelo logró que los encuentros con Nayaran se tornaran íntimos. Con discreción comenzó a dejar la puerta abierta hacia la piscina para que él pudiese entrar con facilidad. Para tener más tiempo libre contrató a una sirvienta por días e ideó empotrar una caja fuerte para resguardar sus pasaportes, joyas y valores personales sin consultar con Luigi.

Una tarde Consuelo, desnuda, bajó hacia la piscina y se miró en un espejo. Apareció a su lado el reflejo de una vieja con ojos de serpiente, por unos instantes.

— ¡Brujas! —. Gritó Consuelo

Se tranquilizó, salió hacia la piscina y vio la puerta abierta.

Se sumergió en el agua y sintió un abrazo sobre su vientre. Dijo:

—No pierdes tiempo cariño.

Trató de girarse pero un apretón baboso la sumergió hasta el fondo. El aire de sus pulmones se escapaba asustadizo de aquel estrujo mortal hasta que el agua quedó quieta por largo tiempo. Luego, una anaconda salió por la puerta abierta a las aventuras amorosas y a la muerte, hacia el lago y sin dejar rastros.

Luigi llegó de sus viajes cansado y extrañado por la falta de respuesta a sus llamadas. Todo estaba en orden, sólo la ausencia de ella era lo discordante. Sospechó que le había abandonado, sin dejar rastro de tarjetas de crédito, pasaportes, o joyas; sólo los teléfonos móviles quedaron sobre el escritorio.

Luigi gritó:

— ¡Eres una desalmada! ¡Te odio!

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