Mi amiga tiene la profesión más dulce y más amarga a la vez. La más etérea y la más concreta. Su profesión ata la ficción a la realidad y hace de la realidad una frágil firmeza. Ella teje filigranas de emociones y decepciones, de ilusiones y de bajezas, de muertes y alumbramientos, de sueños y de razones, de encantos y de horrores, de pócimas y de antídotos.

Es escritora

El sábado en la mañana nos reunimos en su casa. Me invitó a tomar té acompañado de scons salados, bizcochuelo y mermeladas caseras.

Ella desayunó single malt en vaso corto con dos piedras de hielo.

Era extraño verla sola, pero la ansiedad me consumía y le confesé mis penurias, sin preguntar sobre su vida o cómo estaba. Escuchó los horrores de mi dolor, de mi despecho.

Se sirvió un tercer trago y detuvo mi larga declaración de tormentos. Trató de consolarme contándome un relato:

—Mi primera novela fue un gran éxito. Nadé sobre emociones deliciosas, me sentí como la luz que flota sobre la marea y logra que brille el mejor de los azules. Que mis palabras fascinaran era un magnífico delirium tremens. Sí, no te extrañes, disfruto mis delirios tremens, no sé por qué, pero los disfruto intensamente, como disfruto mis palabras. Mis palabras también fascinaron a mi editora y correctora. Ella me amó desde la primera frase. Así me lo dijo de todas las formas posibles en que una persona puede decirle a otra que le fascina. Lo acepté. Y me perdí en laberintos de brisas. Fluyeron los días, los meses, el tiempo, el amor y volví a mis placeres acompañados del adorado single malt vintage reserve 1976. El single malt, mi single malt rezumó en mí. Ella fluyó en mí, también. Severa, sutil y sostenidamente. Así, las sugerencias pasaron a más seducciones y las seducciones a posesiones. La complací y me complací. Muchas veces. Sobre el escritorio, sobre el mesón, sobre la alfombra persa. Pero, las delicias no son eternas. Comenzó a escribir por mí. En mi última novela ella objetó personajes borrachos. Le respondí que los ebrios nunca pasan de moda. Cambian de marca, de elixir, de amores, de motivos ocultos a explícitos. Sin embargo cambié a su gusto las letras, las palabras y las oraciones; no así  mi propia embriaguez: un viaje en un espectro cromático amplio, del ocre claro al ámbar dorado oscuro, en barricas de bourbon y  de sherry. Un viaje lento para apreciar aromas y para que el bouquet de la malta respire. Un gozo del gusto, del olfato y la sensibilidad que se expande en momentos especiales. Doy rienda suelta a todos mis sentidos, agitados suavemente en whisky, sorbito a sorbito. Comencé a presentar los signos del padecer. Ella me reclamaba que era inapropiado asistir a las presentaciones literarias y a los cocteles vestida solo con vapores etílicos: Te refugias en el alcohol —. Me dijo. ―No, no es un refugio ni un destino. Es el pórtico de paso, la entrada grande a la ficción. Un rito —. Repuse. Mi voluntad estaba disuelta en Amargo de Angostura, ron y cascaritas de limón. Traté de defenderme una que otra vez: ―Yo solo me embriago con los libros ¡ Me expresó desesperación. No concebía que no me doblegara a su idea de mí. Fueron semanas enteras de iras, luchas, furores y cóleras. Hasta llegar al ultimátum: O ella o la embriaguez. Si no le obedecía, me abandonaría.

― ¿Y qué le respondiste?−repregunté.

―Sin whisky no puedo escribir y si no escribo, no puedo respirar.

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