Cada uno de nosotros tiene un tiempo creativo y un tiempo de logística. Como escritor, yo siempre pensé hasta hace muy poco que ponerse a escribir implicaba la visita de la musa de la creatividad, y que cuando ésta no llegaba todo el tiempo invertido se convertía en malgastado si no me salían palabras para escribir. Como la mayoría de los escritores tuve que aprender a crear un refugio tranquilo, un santuario creativo. Esto hizo que aumentara la frecuencia e intensidad de las visitas de la “musa”. Lo que no sabía era que la musa mantiene una programación: ella va y viene como un reloj.

Conocer los momentos en los que eres más eficaz para hacer mejor tu trabajo y la programación de ti mismo para llevarlo a cabo es sólo la mitad de la batalla. La otra mitad está en luchar como el demonio para proteger ese momento creativo. En tu iniciación, practicar tu creatividad es una tarea fundamental. Es la punta de la pirámide de tu jerarquía de necesidades. Sólo después de satisfacer todo lo necesario en cuanto a supervivencia y comodidad, es cuando podrás acariciar el arte y abarcar el suficiente espacio mental para tu cometido creativo.

Aquí está mi escenario y quizás tú también te sientas identificado/a: A veces me siento culpable cuando escribo. Culpable de no estar haciendo otras cosas. Culpable por no emplear mi tiempo disponible en esa estantería que tengo que arreglar, en visitar a alguien o en salir de mi mundo interior al real y vivir un poco, pero escribir siempre me retiene. Me resulta terapéutico, catártico, tonificante, estimulante y simplemente maravilloso. Escribir todo el tiempo es tan bueno como el comer.
A menudo me siento en mi silla y cuando me pongo a escribir me imagino a mí mismo como unas de esas ratas de laboratorio enjauladas junto a un botón que conectado a su centro de placer. Una vez descubren los maravillosos estímulos que les provoca el pulsar el botón, siguen empujándolo continuamente, olvidándose de cualquier otra necesidad que les surja, hasta que muere de hambre, sed o sueño. Pues bien, el impulso de escribir hace la función del botón, y está ahí todo el tiempo. Eso sí, despejar el camino y hacer todos los quehaceres es imprescindible para mantener la creatividad, y después de todo, elegir el sitio que más te gusta (como al aire libre viendo la puesta de sol) es otro de los modos de encontrar la inspiración.

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Con esto vengo a decir que tienes que proteger tu tiempo creativo, establecer tus prioridades de escritura. Esconder el móvil, dejar de decir sí a las quedadas para un café en mitad de tu proceso creativo. También puedes investigar sobre el tema del que estés pensando en escribir; hoy en día si sabes usar internet puedes encontrar prácticamente toda la información que quieras. Ponte los auriculares, una música que te ponga en situación de lo que vayas a escribir, y escribe. Hay que aprender a respetar tu propio tiempo creativo para hacer que los demás te lo respeten. Hay quien hará demandas de tu tiempo: jefes, familiares, socios… es natural. Es bueno que tus amigos reconozcan cuando tienes disponibilidad y cuando estás creando. Me niego a recibir llamadas al móvil, reuniones y/o citas de almuerzo cuando estoy escribiendo, simplemente no estoy disponible, para NADIE. De rato a rato verificaré mi correo electrónico para asegurarme de que no hay ninguna situación que me requiera.

No pienses que crear arte y trabajar en ello es menos importante que tus otras necesidades del día a día. En vez de eso apela a tu cerebro y dile que proteja tu preciado momento de creatividad de la misma manera y con el mismo empeño que pones cuando proteges tu casa, o tu familia.
Si tratas tus bloques de tiempo creativo como algo sin importancia, favorecerás a que los que te rodean hagan lo mismo, pero si estás realmente dispuesto a gestionar tu tiempo como debes, tu dedicación se convertirá en infecciosa. Es ahí donde aparecerá tu musa, tu inspiración o llámalo como quieras. Cuanto más tiempo inviertas, más desarrollarás tu lado creativo.