Ella estaba tan fría en la iglesia de San Ignacio

y alguien buscaba sin encontrar un cementerio

 

el miedo les impedía aún a algunos

dar el permiso para su entierro

después que luego del tercer infarto

la poeta rusa cayera sobre esa primavera, la màs triste

 

desde entonces la he buscado en dudosas traducciones

en reducidos comentarios de las revistas literarias

y en cementerios sin lápidas

donde se entierra gran parte de la memoria rusa

 

estuve en San Petesburgo, hace once años Leningrado

entré a las iglesias donde oficiaban sus ritos

entre inciensos de raros aromas, las viejas con bigote

y caminé junto al monte congelado

 

quería encontrar un amor perdido

y tener al fin de los tiempos los libros de Ana

pero solo encontré, como profetiza un verso suyo

un polvoroso solar cerca del cementerio

 

su “poema treinta y tres” parece escrito con sangre

sus tonos ocres, como la sangre seca

el dolor tiene como justificación final

la llegada a un cementerio

que se halla tras la puerta de las palabras de Ana

 

la violencia contenida de las mujeres rusas

de ayer, es la de hoy !

 

la muerte está del otro lado del paisaje nevado

de unos ojos verdes, esperando oculta

para arrasar todo consuelo, todo amor

 

los poemas de Prenyktova son canciones !

los escuché en ruso, una vez me los leyeron

muy de cerca, una noche al oido

no comprendí el lenguaje, tan solo los besos

 

había un muro impenetrable, otra lengua

un deseo contenido también

 

cuando las mujeres rusas van a morir cantan

y tengo mezclados estos versos entre una voz

de abuela que se aleja lenta y pausadamente

y la de Ana Prenyktova, con gravedad serena

que aunque yerta se queda

 

 

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