Olvidé los nombres que me estaban prohibidos

de las estaciones donde no se detienen los trenes

sin humo y las aguas que nunca he de beber, creo.

 

Aunque la lluvia se seque sobre las nubes, el agua

cual suave miel en mil relieves, anidará por siempre

los peces que ahuyenté de los espacios de mi mente.

 

Olvidé el saludo a los caballos etéreos lindantes con la masa

de cada punta, de cada relieve y de los siete jinetes

del apocalipse diario, jinetes asesinados por un dragón

armado hasta los dientes resguardando lo que queda.

 

Olvidé las calles tan gastadas del camino eterno

de las caricias perdidas cada amanecer,

de besar la bruma de cada día de otoño y de escupir

la carne podrida, creo.

 

Olvidé cada espíritu conocido y perdido en la no materia

de cada palabra sin sentido, olvidé el sentido

pagando muy caro las baratijas que no valen un suspiro,

los hechos que no trascienden y la sangre que no se vende.

 

Olvidé los nombres prohibidos, olvidé los recuerdos

me olvidé de mí.

 

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