Según estudios psicológicos la anticipación de un evento a menudo es emocionalmente más poderoso que el propio evento en si mismo. Todos hemos vivido situaciones (a menudo las vivimos) en que debemos hacer algo y esa acción tiene unas implicaciones emocionales tan fuertes que optamos por posponer esa acción. La exitación que produce el tener un “quehacer” pendiente puede ser obsesiva. Pero se resuelve rápidamente cuando uno consigue su deseo y rápidamente te aburres y vas en búsqueda de algo distinto.

Si no es molesto no vale la pena

Si no es molesto no vale la pena

Por poner un ejemplo práctico : Imagina que no estás satisfecho con tu nómina. El pensamiento que se instaura en tu cabeza, te lleva a decidir que la mejor solución es hablarlo con tu jefe. Pero las barreras que existen entre tu puesto y el suyo, o las convenciones sociales, te paralizan y no abandonan tu cabeza con facilidad. Cuando finalmente consigues el valor para decírselo, te das cuenta que era más sencillo de lo que parecía y se acaba tan rápido que no te das ni cuenta.

En nuestras cabezas tendemos a exagerar e intensificar las emociones, a soñar y especular con el futuro y a cuestionarnos cómo convertir en realidad nuestros sueños. Es fácil tener ambiciones y contárselo a los demás, es fácil escribir tus metas en una pizarra, incluso es fácil mirarte al espejo y saber cuales son tus objetivos. Pero aquí es donde la mayoría de gente se detiene. Lo has idealizado tanto en tu mente con tanto detalle, que ya estás satisfecho y piensas que has hecho algo productivo.

“El acto de soñar te impide alcanzar tus sueños.”

Consecuentemente cuando finalmente quieres llevar a cabo tus objetivos, fácilmente te distraes con un placer momentáneo y olvidas lo que estabas haciendo. Así que sólo me queda decir, que es muy fácil soñar (todos lo hacemos) pero no creamos que basta con eso. Los sueños están para cumplirlos y pese que no va a ser fácil, la satisfacción que te produce alcanzar una meta, no te la va a sustituir ningún otro placer fácil de alcanzar.