El término cāritās, cāritātis, del latín, contaba con varias acepciones: generosidad, mercancía de alto precio, caridad, persona amada y amor.

Me llama poderosamente la atención la idea de que, entre sus significados, se encuentre el amor, quizá porque, para mí, este engloba todos los demás. El amor, si lo es, lleva implícito que es algo caro y valioso; igualmente, si lo es, es generoso, caritativo y se concreta en las personas amadas.

Caridad Y Amor

Caridad Y Amor

Así pues, si amo a alguien, en el sentido más extensivo del término, si lo aprecio, si le tengo reconocimiento y amistad, ¿no debería salir de mí ser caritativo? ¿no debería brotar de mí generosamente la ayuda?

El amor, en ocasiones, es cicatero y manifiesta conocer muy poco de la caridad en la que tenía origen. San Juan lo expresa así: “Mas el que tuviere bienes de este mundo, y viere a su hermano tener necesidad, y le cerrare sus entrañas, ¿cómo está el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17: 17).

Tristemente, cuando hay escasez, es difícil encontrar y ofrecer ayuda y amor. Perdemos ese sentido de la dádiva amorosa y nos centramos en no sufrir carencias nosotros. El amor se vuelve contra su propia esencia y nos exige atrincherarnos. Nos volvemos tacaños sea con nuestro tiempo, sea con nuestro dinero, sea abriendo a otro una puerta a un trabajo, sea con nuestros abrazos.

Preguntémonos cómo está en nosotros el amor de Dios, algo que yo “traduzco” para mí como el respeto que siento por mí misma sobre cómo trato a mis semejantes. Quien esté libre de pecado…

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