Ocho horas para dormir, ocho horas para trabajar y ocho horas para el ocio. Así lo expuso Samuel Parnell. Lindo. Me gusta. ¿A quién no? Vivir así permite descansar, cumplir eficazmente con el trabajo y atender una casa, a los hijos, a los padres, a los amigos, a la pareja y hasta a uno mismo (a veces se diría que para llegar a eso, el día debería tener 25 horas). He realizado una pequeña y particular encuesta, circunscrita a personas de mi vecindario de entre 30 y 50 años, que no soy el CIS ni tengo sus medios.

Los tres ochos

Los tres ochos

Ocho horas para dormir:

La mayoría me indica que no logra dormir bien. Que no pega ojo, ay, madre. Paradójicamente, lo que les quita el sueño a estas personas es la falta o el exceso de trabajo, es decir, que por uno que no tiene empleo, hay otro que hace las horas de los dos. Mal vamos.

Ocho horas para trabajar:

Pues es volver al punto anterior. Los desempleados dedican esas horas a buscar trabajo; los que tienen empleo hacen horas extras para mantener su puesto, sabedores de que se puede llegar a sacrificar su cabeza por la del siguiente que entre por la puerta, probablemente, cobrando menos. Mal seguimos.

Ocho horas para el ocio:

¿Qué ocio? En el caso del que no tiene ingresos, debe ser gratuito, pues en esos hogares el céntimo se mira a diario. Y sí, las mejores cosas de la vida son gratis, pero de vez en cuando, también apetece no vivir en la estrechez de lo mejor y dejarse llevar por la abundancia de lo peor, ¿no? Si resulta que el que se puede costear el ocio de pago es el que llega molido a casa, a ese no lo mueve usted del sofá y, con suerte, de cenar despanzurrado frente a la tele. Mal acabamos.

Y así seguimos…

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