Me comentó hace un tiempo una buena amiga que había conocido a una abogada matrimonialista en una cena. Conversando, le contó que desaconsejaba a las parejas iniciar trámites de divorcio mientras el más pequeño de los hijos fuera menor de tres años. ¿Por qué? Porque la vida es muy diferente con niños pequeños a cargo y la pareja no es consciente de la abrumadora cantidad de trabajo que están desplegando en la crianza, por lo que se pierde el sentido de la realidad. Con los niños más crecidos, al parecer todo va resultando más fácil.

Durante el embarazo, las mujeres somos conscientes durante varios meses y a todas horas de que vamos a tener un bebé. Los cambios físicos y emocionales durante el embarazo pueden parecer duros, pero son solo el comienzo, porque después el cuerpo debe recuperarse del parto o de la cesárea. El problema es que esa recuperación se tiene que lograr en medio de falta de sueño, dolor físico y maremágnum emocional. Que la madre se funda con otra persona que depende totalmente de ella y la coloque la primera de sus prioridades de la manera más amorosa sería el desenlace apetecido y natural, pero no siempre es un camino de rosas.

Con cada bebé, la madre debe adaptase física y mentalmente a la novedad, y servir de soporte para la adaptación del pequeño al mundo, durante al menos los dos primeros años, aunque hay expertos que afirman que son tres los años de máxima necesidad del niño por la madre. En medio de ello, ¿dónde queda la madre? ¿De dónde saca fuerzas para continuar con sus obligaciones laborales, familiares y sociales? ¿Quién la ayuda? ¿El estresado y sobrepasado papá? ¿Él solo? ¡¿En serio?! Nos hemos vuelto locos.

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Con cada bebé, la madre debe adaptase física y mentalmente a la novedad.

Antiguamente, la mamá recibía apoyo de toda una red de mujeres, pero hoy nos enclaustramos en un piso que nos da muchas obligaciones domésticas, a las que sumamos las laborales (y ni les cuento cuando las últimas son, además, por cuenta propia: es el perfecto camino a la esquizofrenia); y no olvidemos que en ese piso viven niños, que claman por sus lícitas necesidades.

Por eso, me gustaría proponer que nosotros mismos empecemos a funcionar como sostén de las madres a las que rodeamos. Mil ideas hay que pueden ser originales, extravagantes, estrambóticas si ustedes quieren. Podríamos empatizar y callarnos nuestros consejos bienintencionados, permitirles llorar, ofrecernos para hacerles la compra, cocinar un sabroso plato casero, ir una tarde a limpiar, llevarnos la ropa y lavarla nosotros, preguntarles si nos dejarían llevarnos al pequeño a dar un paseo, proponerles jugar con los niños, etc. Ya sé que esas cosas también las hacen los papás, que son dos en una casa para repartirse las tareas, pero les juro que los papás tampoco dan más de sí.

Ah, y si es usted de esas visitas que llegan a una casa con niños pequeños con intención de que lo entretengan y le den, además, de merendar… Por favor, hágaselo mirar.

 

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