Viaje a través de los 5 sentidos

Viaje a través de los 5 sentidos

… Si quiere gozar. Desde luego, es un gozo viajar por placer. El sentimiento comienza con unos sencillos planes: sabemos que tendremos unos días libres en ciertas fechas, miramos nuestros bolsillos y empieza la búsqueda de destino. Una vez decidido el lugar, toca hacer maletas y preparar todo lo necesario. Es entonces cuando nuestra imaginación vuela y nos vemos allí, fantaseamos, presentimos sentimos… Solo por eso ya merece la pena el viaje.

 

En un lugar desconocido, los cinco sentidos se agudizan. Empecemos por la vista. Cuando nos acomodamos en nuestro alojamiento, estiramos la espalda, movemos los pies dentro de los zapatos y nos vamos a explorar. Nuestros ojos se van habituando a una luz distinta, se ven deslumbrados por colores diferentes, perciben el sol, las nubes, la bruma, la lluvia, la nieve… Algunos de ellos, probablemente, le son extraños, así que se despiertan, se despejan, quieren más.

 

¿Qué decir del olfato? Nada huele igual. No huelen igual la comida, ni las calles, ni las playas, ni las montañas, ni la tierra; nuestra nariz se pone alerta y desea descubrir más.

 

La experiencia más impactante es probablemente la gastronómica. Sabores desconocidos, texturas novedosas, productos nunca vistos o que no habíamos probado preparados de esa manera, nuevas bebidas, mezclas sorprendentes de picante con salado, de dulce combinado con amargo… La boca se hace agua, literalmente, para aprender lo que se le ofrece y anhela que llegue la siguiente ocasión de disfrutar.

 

El tacto disfruta de nuevas sensaciones. Arena, agua, rocas… Cuánto desearían las manos poder rozar cada piedra, cada cuadro, cada árbol, cada ola, y qué pocas ocasiones les podemos ofrecer para que se solacen. Por eso los viajes en compañía son los mejores, pues tenemos cerca a quien besar o dar un abrazo y así calmar las ansias de la piel por formar parte del trayecto.

 

Viaje a través de los 5 sentidos

Viaje a través de los 5 sentidos

A pesar de todo ello, para mí no hay experiencia más placentera que el pequeño rato de estar, sencillamente, sentada en la calle, en una terraza o en un parque y dejarme llevar por las conversaciones de la gente. Si, además, es un viaje al extranjero, donde hablen un idioma que desconozca, mi deleite se multiplica. Me gusta entrecerrar los ojos y detener la respiración un momento, tratar de descifrar, dejarme llevar por esa música nueva e incomprensible para mis oídos, permitirle entrar en mi cerebro y tratar de desentrañarla. No importa que sepa que no tendré éxito, no le guardo rencor por ello: quiero escucharla como el bebé que escucha la voz de su madre por primera vez, extrañado, confuso, pero definitivamente entregado.

 

El súmmum llega al abrir los ojos y dejar que todas las sensaciones confluyan: probar un bocado de comida, contemplar esos colores nuevos, acariciar a un perro que pasa y nos saluda, inhalar los olores desconocidos y todo, dentro de ese rumor maravilloso de voces que no nos importa no entender, porque nos arrullan igual que lo hacía nuestra madre y eso es suficiente. Esos breves destellos de felicidad son los que recuerdo con más fuerza de mis viajes.

 

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