Hay ríos y ríos. Y afluentes y afluentes. Éstos parecen ríos, de los primeros y de los segundos.

Y también hay desembocaduras. Y creo que ya.

Lo que sucede es que, en realidad, hay ríos y afluentes. Ya no son ríos y ríos (y mucho menos afluentes y afluentes).

Se parecen en el contenido y comparten continente (por mucha anáfora que queramos). Salvo en las islas, donde hay también mares y mares, que no se confunden con ríos. Por lo que sea.

Los unos no pueden presumir de ríos sin los otros. Y los otros sí son ríos, en tanto que contenido de río y ausencia de aspiraciones de desembocadura. Y, así, sucesivamente.

Hasta que resulta que todos (ríos y ríos, afluentes y afluentes y mares y mares) son lo mismo: agua. Y ajo.

Sucede algo parecido en las casas: los sótanos y los desvanes son casa, pero sin la casa; vacío legal para charlatanes con carrera y prejubilados prematuros.

Por ellos y por todos sus compañeros. Y por los táperes de mamá.

Román González Camas