La cámara fotográfica se infiltra al interior de sus ciudades revolcadas en substancias químicas y memorias.

Desliza sus sensores y obtiene la marcha de las anémonas en una paleta de metal que se difumina: las serpientes de la razón te llevan al vórtice, a la batalla de manglares; acciono el disparador y me encuentro sobre ramas volátiles en el árbol del sueño donde emana la zarza ardiente de tus labios.

 

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