Está muy bien que exista la libertad de expresión y que cualquiera pueda decir su opinión respecto al tema que más se le dé la regalada gana, pero incluso al expresarnos debemos cuidar nuestras formas, modos y palabras. Umberto Eco había dicho una vez que el internet daba voz a legiones de idiotas, y eso fue lo que vi ante una crítica demoledora a uno de los más grandes literatos de la actualidad: José Saramago. Así pues, parafraseando, este idiota dijo algo como, A mí no me gusta Saramago porque sólo habla de cosas muy imposibles y de animales. Eco también valoró las reuniones que teníamos y que, en estos casos, las palabras se quedan en la copa de vino, con lo cual, no hacían tanto daño; pero en esa ocasión, no estaba yo en un bar, sino en la sala de maestros, y yo tenía en la mano “El último cuaderno” de Saramago, y una mujer dijo, Ay, a mí no me gusta Saramago, muy violento, mucha violencia, a esto respondí, ¿Qué has leído de él?, y ella me contestó, El ensayo sobre la ceguera.

Así que me fui antes de darle un madrazo en el hocico.

Saramago es de mis autores predilectos, y no diría el favorito porque llegan Michel Houellebecq, Umberto Eco y Juan Rulfo y me hacen dudarlo; sin embargo, ha definido no solamente mi forma de escribir, sino también mi forma de ver el mundo. Y es que dudo mucho que si tuviera al maestro de Sousa aquí, junto a mí, y le preguntara, Oye, ¿y qué quisiste decir con tu ensayo sobre la ceguera?, el me contestara magistralmente, Pues nada, sólo quería mostrar un montón de violencia y ciegos tarugos.

Empiezo con lo que sigue: el lenguaje no es literal. Comprendemos esto los mexicanos con una simple palabra: Madre; y es que depende de la frase su significado tan variado, pues ninguno confundirá éste en las frases: Mi madre es la más bella, Qué le pasa a esta madre, ¡A toda madre!, y, Vaya, qué desmadre. Ahora, si en la vida cotidiana no lo es, no es literal; pues mucho menos en la literatura. Se usan recursos retóricos para dar a entender un punto, y si bien se pueden dar varias lecturas de un mismo texto, como Umberto Eco lo dijo ya; se sobreentiende que los libros van a ese lado. Y es que, a este respecto, “No habíamos pensado en eso, Es difícil pensar cuando no se sabe, No estoy de acuerdo, se piensa precisamente cuando no se sabe” ¡Pero estos individuos se pasaron la raya de tanto “pensar”!

Sigamos con que Saramago solamente habla de cosas “muy imposibles y de animales”. Hace poco leí un libro de Carl Sagan donde cuestionaba este derecho a la vida del que tanto presumimos como sociedad humana, cuando en realidad hacemos la promoción de justamente lo opuesto: no hay respeto ni a la vida misma. Saramago tenía la suficiente sensibilidad para demostrar su amor y su estima a los animales, que en realidad, son genuinos de sentimientos, no como los humanos; y eso es lo rescatable de su obra en torno a los seres “faltos de raciocinio”; además solamente hay que adentrarse un poquito más a sus obras y ver que el tono de fantasía exacerbada es sólo la forma de reflejar palpablemente la realidad. Que la balsa de piedra era la fotografía de una crisis, que la ceguera el encefalograma del pensamiento actual, que la lucidez una fortaleza perdida, que el duplicado la pérdida del individuo en la actualidad; entonces vemos que no son cosas “muy imposibles”. Además, “Claraboya” no tiene matiz alguno de fantasía, y no por eso deja de ser hermosa esa novela, “El memorial del convento” apenas y tiene ese toque de fantasía y que “Levantados del suelo” también radica en lo mismo: un mínimo toque de fantasía.

Hay opiniones que solamente demuestran que la ignorancia es más fácil de expresar. Y si otra obra queremos sin ese toque fantasioso, pues está “El evangelio según Jesucristo”. ¿Que ese último es pura fantasía por hablar de Dios? No, porque es la divinidad llevada a la mortalidad, al ser humano.

Pero no les podemos decir nada a los detractores de José Saramago que sus propias palabras: “Porque al ser repetidas (las palabras) pierden parte del poder de convencimiento que tendrían si se hubiesen dicho en primer lugar, Bravo, aplausos para el ingenio y la sutileza de la analista, Tú también sabrías esto si te dedicaras más a las lecturas de ficción”.

No olvidemos que Saramago escribía como escribía porque quería dar el reflejo del habla humana, como los antiguos textos donde así se hacía, quería mostrar cómo se palpaba el habla. No es solamente la necedad de un gran genio a hacer lo que se le diera la gana (gracias a… iba a decir a Dios, pero no: gracias a él, al escritor, por hacerlo): era su forma de escribir un tributo a la antigua forma de escritura y, a parte, una forma de llevar la cultura, pues muy pocos, parece ser, saben que no siempre se han escrito textos como lo hacemos, en su mayoría, hoy en día. El portugués era auténtico, sin embargo, caía en la desgracia de que “cuántas veces ocurre que nos mostramos como quien somos yo no vale la pena, no había nadie ahí para vernos”. Con Saramago sí había gente que lo viera, pero ésta tenía la enfermedad de la ceguera blanca.

Para terminar, Harold Bloom lo tenía sobre un pedestal, y con todo merecimiento, como el mejor escritor vivo de su tiempo. Umberto Eco en su prólogo al “Último cuaderno” resaltaba este punto con una ironía propia de un maestro de la literatura hablando de otro maestro de la literatura. Creo que es más que compartida la opinión, o al menos quiero creerlo así, de que hoy en día hace falta un Saramago, un hombre capaz de romper la regla, de rehacerla, de criticar y al mismo tiempo darnos títulos que jamás serán superados en su narrativa, en su ficción; y sobre todo: en su forma de mostrar cómo es el arte de las letras que pueden ser tan tramposas, tan difíciles, tan sublimes y al mismo tiempo desinteresadas y hasta imposibles, y es que “Con las palabras todo cuidado es poco, mudan de opinión como las personas”.

No se me malinterprete, está bien que no nos guste uno u otro autor, sin embargo, creo que para mostrar el disgusto, debemos conocer un poquito más antes de ladrar. Si algo no es de nuestro agrado, se vale, y está bien, y así debe ser; pero cuando queramos decirlo, no digamos solamente que no nos sentimos identificados con el personaje porque éste es un perro y yo soy un humano, o porque no me gusta la violencia y, obviamente, en el mundo en el que vivimos la violencia no existe. La literatura es mucho más que el significado literal, es mucho más que una hoja llena de aleatorios signos con un significado dado, y es mucho más que nuestros gustos personales. Pero eso José Saramago ya lo había previsto desde la caverna platónica de su gran centro comercial: “Para éstos, la ceguera no era vivir banalmente rodeado de tinieblas, sino en el interior de una gloria luminosa”.