El pequeño pez se adentraba cada día, un poco más allá de lo que le estaba permitido. Lo hacía a escondidas. Cuando su madre se alejaba para buscar entre la arenilla las minúsculas criaturas que le servían de alimento, él, sin decir nada, se iba hasta la zona aledaña y contemplaba con la mirada extasiada la gran barrera de coral que se le anteponía como un muro infranqueable, pero irresistible.

Había oído muchas historias sobre el mundo que se extendía del otro lado. Oyó hablar de los peces gigantes (puro peligro) que hacían de ese mundo, el reino de todos ellos. Oía con fascinación la historia de las medusas de manto traslúcido que nadaban con una parsimonia única, deslizándose en vaivenes sinuosos por toda la masa de agua de ese mar que se abría prácticamente hasta el infinito.

Los corales que formaban la barrera, eran los silentes guardianes que mantenían a raya a todos aquellos con deseos de aventurarse a pasar al otro lado. Sus filosos brazos como cuchillas actuaban como seguros protectores. Debían permanecer del lado comprendido entre la orilla de la playa y la barrera; allí estaba el hogar del pequeño pez.

AL OTRO LADO DE LA BARRERA DE CORAL

AL OTRO LADO DE LA BARRERA DE CORAL

Muchos se mantenían viviendo entre los laberintos coralinos formando sus ambientes marinos particulares. Vivían bien, la verdad, porque la gran diversidad de organismos que servían de alimento, pululaban por doquier. Mostrándose como una fuente imprescindible para la supervivencia de los habitantes del fondo marino.

Pero él no estaba conforme. No bastaba con que su madre, en su búsqueda diaria, lo llevara a hurgar entre las piedrecillas para encontrar el gran tesoro de la comida. No, él quería algo más emocionante que ser un buscador de presas fáciles de obtener. Si el destino para ellos era nadar y lanzarse hasta el lecho marino buscando entre los rincones más escondidos, muchas veces superando las corrientes submarinas que se presentaban sin previo aviso dándoles unos buenos revolcones, él no lo quería así.

 

Imaginaba cómo era la forma del pez más feroz que había en esa vastedad de océano, un mundo mucho más profundo y peligroso que el mar que conocía. Su razón de ser como pez –pensaba– tenía que estar detrás de la barrera coralina.

Una noche, estuvo con esa idea dentro de su cabeza en la concha marina que le servía como refugio para dormir. Cuando los rayos solares tímidamente se adentraron hasta los límites de su ambiente, anunciándole la llegada del nuevo día, se lanzó a nadar con aquella maestría que, a su edad, había desarrollado. Esa noche previa había decidido superar la barrera de coral y perderse hacia lo desconocido.

–Alguna vez regresaré victorioso para contar mis aventuras en ese mar océano –se prometió.

Y evitando los choques, a duras penas, con los pulpos, calamares y estrellas de mar que a esa hora ya iban en busca de su alimento, se introdujo entre las veredas y caminos tortuosos bordeándolos con la determinación que lo caracterizaba. El azul profundo, oscuro y silencioso, lo recibió en ese nuevo espacio.

Lo primero que percibió fue un silencio total en ese abierto panorama; inexplorado por todas sus generaciones antecesoras. Un tío-abuelo fue quien despertó en él la inquietud aventurera. Lo había puesto en aviso sobre esos encuentros familiares, cuando todos los peces se reunían para formar el banco y viajar juntos en busca de alimentos. Eso le bastó para que se le sembrara la determinación de pasar al otro lado de la barrera de coral.

Lentamente se fue familiarizando con todo lo nuevo que veía. Las corrientes submarinas se sentían con más fuerza, golpeando su cuerpo. Las bruscas variaciones de temperatura le resultaban incómodas, en comparación con la constante mantenida en su particular hábitat.

Entonces vio, cuando en tropel, salían bandadas de peces distintos, multicolores, nuevos para él. Trataban de huir con el pánico adherido a sus caras, y pronto, de aquella multitud de seres, solamente quedaron las burbujas de aire en completo desorden. Supo en ese instante, lo que era el temor de ese lado del mundo marino.

La acción  mostrada por todas las criaturas vivientes del océano abierto, se lo llevó por delante arrastrándolo y envolviéndolo en una barahúnda de desesperados que intuían la suerte que los esperaba.

No se dio cuenta en un principio de lo que estaba pasando, sino cuando iba siendo llevado en aquella inmensa red que los halaba hacia arriba, con una fuerza muy  superior a la de aquel conglomerado de diversas especies. Se sintió desfallecer, había viajado muy lejos desde que se decidió a cruzar. El deseo por conocer la vida detrás de la gran barrera, lo llevó bien adentro del océano. Pero aquello no era lo que esperaba encontrar.

Fue cuando una vieja tortuga que había vivido por mucho tiempo, le aclaró la confusión que lo envolvía.

—No es el gran depredador el que más nos atemoriza —le dijo.

—A ese lo podemos evitar con las habilidades que tenemos como condición natural —siguió.

—No es de las ballenas de quien debemos temer cuando con su succión, arrastra todo a su paso. También de ella nos defendemos —le dijo un caballito de mar.

—Es a la agresiva red de acero que viene del mundo de la superficie a la que le mostramos mayor temor, pues, contra esa cacería de arrastre que no distingue ancianos, adultos y pequeños, no hay defensa. —Suspiró con resignación aquella noble tortuga que llevaba el peso de sus años  en su vetusto caparazón.

El pequeño pez entendió entonces, que al enemigo natural se lo podía enfrentar para mantener el equilibrio entre ellos.

Pero, ¿cómo evitar esa ventajosa trampa que cargaba con todo a su paso?

Finalmente entendió que su destino había sido trazado hasta allí. De haberse quedado en su tranquilo mundo, tal vez podría haber vivido más tiempo, porque de la superficie nadie había regresado para contarlo.

 

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