Había pasado mucho tiempo desde que dejé de dar clases. Tanto, que cuando entré al aula para echar a andar la actividad inicial que iba a cumplir ese día de mi retorno, sentí lo que todo niño siente cuando llega por primera vez a la escuela: el impulso de dar la vuelta y volver a casa. Pero no lo hice. Esto, motivado a algún arrebato de emoción que debió haber permanecido agazapado en un rincón de mi conformación de docente, por decirlo así, y en complemento, en mayor grado, presumo, a la necesidad económica que nos aturde, obnubila y causa estragos en el presupuesto familiar, en estos tiempos rudos, como dicen ahora. La jubilación me llegó relativamente temprano, aun cuando se cumplía el tiempo de servicio, puesto que había entrado al Sistema Educativo siendo un estudiante de educación en la primera casa de formación docente del país, el Pedagógico de Caracas. Y había decidido buscar otros derroteros a una edad donde todavía me sentía fuerte y con deseos de emprender algunas acciones que había estado posponiendo en toda mi vida de docente, como, por ejemplo, la de escribir. Siempre quise hacerlo, tal vez ese deseo se mostró cuando era un alumno de tercer año de bachillerato y me tocó hacer un estudio somero y sin preparación de una novela, “Doctor Zhivago”, escrita por el nobel ruso Boris Pasternak. Así que empecé a redactar mis primeras historias, sin una formación académica en literatura, sostenido en una imaginación inquieta y voladora que constantemente me llevaba por recodos lejanos y desde donde me costaba cada vez más trabajo regresar a la rutina de una vida sin mayor trascendencia. Dando tumbos y creyendo que ahora sí tenía una verdadera historia original que contar y pergeñado algunos poemas rimados, porque de una u otra manera todo lo que anotaba en forma de poema, me resultaba un verso rimado, atribuido, creo yo, al hecho de ser llanero, por aquello del canto que como yunta nos acompaña y la improvisación de frases y coplas como gesto de alabanza a todo lo que nos rodea, pensé que a alguna editorial pudiera gustarle aquellos escritos, pero al paso de los años sin obtener ninguna respuesta favorable, opté por intentar publicar por mi cuenta, en edición de autor y así logré algunas obras distribuidas entre amigos que me confortaban con sus palabras de ánimo y me aupaban a seguir en la brega literaria. Pero muy dentro, como todos, guardaba el sueño donde uno de mis libros llegaría  a ser publicado sin que tuviera que pagar por ello. El tiempo me ha llevado a reconocer que en esto de ser escritor no basta con tener el entusiasmo, si no se tiene al unísono condiciones y oportunidades en el momento preciso. Eso lo he aceptado y respirando hondo, he dejado de lado la escritura y lecturas de hechos noticiosos literarios en Internet y me he centrado en  tratar de resolver los problemas cotidianos que nos agobian y a retomar la senda educativa ya con una madurez en mente y cuerpo que empiezan a mostrarme una declinación imparable.

El Regreso a clases a una edad tardía

El Regreso a clases a una edad tardía

Así pues, confiado en los conocimientos acumulados y trajinados a lo largo de mi actividad docente en muchos institutos educativos, ocupando y cumpliendo en todos los niveles, desde director, hasta docente de aula por horas, me dispuse a remover esa experiencia que me llevara a andar el sendero, cambiado totalmente, sí, pero el mismo en esencia, pues, tenía ante mí, ojos escudriñadores, indiferencia sostenida y una pizca de curiosidad en aquel auditorio que me esperaba. La primera imagen panorámica de los alumnos fue ver en casi todos ellos, colgando unos cables desde sus oídos -audífonos, me dijeron-, y compartidos entre compañeros en asientos contiguos, de modo que disfrutaban a la par, la música o lo que fuera que estuvieran oyendo, tal vez para dejar un fondo de animación a la clase que se impartía. Después, lo que me llamó poderosamente la atención fue el que no copiaran (en su mayoría)  la actividad desarrollada en la pizarra acrílica -ya no se usa la tiza-, sino que a cada intervalo de tiempo, me pedían el permiso de apartarme un poco, mientras procedían a tomarle fotos con su celular a lo que había escrito en esa pizarra. Otros se entretenían en lo que más comodidad les representaba la llegada de un nuevo docente, desde limarse las uñas, alguna joven, hasta otra formar bucles o trenzas o surcos abiertos en la cabellera de su compañero adyacente en la ubicación, parecidos a los que se abren en la tierra antes de sembrar. Esto, por no tener otra imagen comparativa en el momento, pero creo que ilustra lo que trato de decir. Bueno, al terminar mi primer día de actividades docentes, de regreso a casa, ya iba procesando una estela de eventos que me llevaban atolondrado en todo ese trayecto hacia mi hogar, pensando en cómo enfrentar esta serie de hechos que, a todas luces, se ha venido imponiendo con la permisividad de algunos centros educativos –deduzco-  y que chocan con la forma en que, muchos docentes como yo, que nos hemos visto ante la necesidad de volver a dar clases, traemos desde nuestra formación estudiantil pedagógica y puestas en práctica en nuestras primeras escaramuzas de docentes de aula. Lo más curioso ha sido ver que el celular se ha convertido en un acompañante por demás indispensable en el aula de clases, como lo fue otrora el lápiz, el cuaderno y el bulto escolar, sustituido ahora por el morral que guarda quién sabe cuántas cosas que no deberían permitirse llevar a la actividad diaria de clases. Ante esta situación y aprovechando el receso vacacional con motivo de un puente feriado para un largo fin de semana, debo tomar una decisión para cuando termine, pues, tengo que llevar una respuesta ante la dirección del plantel que me ha ofrecido esta plaza por la renuncia del docente a cargo inicialmente. Las interrogantes que se asoman son diversas, y las respuestas a ellas, giran y se reducen a una circunscripción muy estrecha, como lo sea, por ejemplo, adaptarme a esta realidad generacional, mirar por la ventana mientras exhalo un suspiro de resignación, viendo los transeúntes cabizbajos que trochan la vereda o tratar de mostrar el lado bueno y generoso de lo que me sirvió cuando era joven y entusiasta por alcanzar una carrera. A esto debo decir que los cursos a atender son del ciclo diversificado, específicamente del 5to año de bachillerato y ya con la mira en el Sistema Universitario, lo cual me lleva a pensar que en todos bulle una ilusión latente y viva por entrar a ese mundo que para mí es lo mejor de la vida estudiantil. No obstante, al asomar esta posibilidad que creo que se da en ellos, muchos docentes contemporáneos a quienes les ha pasado lo mismo, es decir, regresar a impartir clases y esto por el hecho real y verificable de la deserción docente y la poca o nula matrícula en las escuelas de educación de las universidades nacionales y la visible realidad que esos alumnos que forman parte de esos colegios privados tienen de proseguir estudios en otros países y entrar al mercado de trabajo que para ellos se abre como un abanico, me han dicho que las ilusiones, aquellas que traíamos, sobre todo, los jóvenes venidos de la provincia y llegados a la gran urbe, para buscar una carrera universitaria y con eso, alcanzar una posición de progreso y desarrollo, hasta complementarnos como profesionales de éxito con nuestro esfuerzo  y afán de triunfo en el afincamiento de nuestra capacidad e inteligencia, se han opacado como si una densa bruma, de esas que aparecen de la nada en mares desconocidos, se impusiera y arropara el ánimo de todo y de todos. Tal vez así sea, pero la única oportunidad de comprobar si las ilusiones de alcanzar una meta sostenida en la formación educativa siguen siendo las mismas a lo largo de la sucesión de generaciones, la tengo en el regreso a dictar clases a esta edad tardía. Y aun cuando no tengo que llevar mi decisión, sino hasta pasado el feriado largo, creo que al estar escribiendo estas reflexiones, ya estoy tomándola. Espero entonces no arrepentirme de hacerlo.

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