Por estos días me he dedicado a releer Cien años de soledad, la obra maestra de Gabriel García Márquez (aunque me gustó más El amor en los tiempos del cólera), esta relectura la he hecho con una actitud diferente a la de aquellos años ya lejanos del bachillerato y con una formación literaria más completa a estas alturas de mi vida, por supuesto. Pero no deja de ser emocionante el adentrarse en lo que encierran las páginas de esta novela donde se describe con una voz desaforada, vibrante y envolvente el destino de una estirpe familiar, plasmado por un mago salido de las leyendas del oriente medio, con cien años de anticipación y que ocurre en un pueblo igual de mágico donde los hechos más inverosímiles se suceden cotidianamente, como lo es Macondo. Lo curioso es que uno no deja tampoco de evocar a otro maestro de la narración que también se destacó a través del tiempo con una novela recreada en otro pueblo donde los vivos y los muertos se entrelazan en aires pueblerinos de rutina diaria sin llegar a distinguirse con claridad quiénes están de un lado o de otro en algún momento.

Ese pueblo es Comala y el autor de Pedro Páramo, que así se llama la obra, es el maestro Juan Rulfo, mexicano. Estas dos obras fundamentales de la literatura latinoamericana se basan en las vivencias de los habitantes de unos pueblos ambientados y ubicados en regiones disímiles del continente americano, pero conocidas en el mundo entero. El hecho de haber trascendido sus fronteras y su color local, para desparramarse por todo un confín geográfico nos dice que la conformación del hombre americano con sus mitos y leyendas, su magia y sus creencias venidas desde sus ancestros formados en esta misma tierra, constituyen un legado de singular importancia para todos los pueblos de un continente igual de sorprendente en cualquier área remota de su extensión.

 

La identificación de lo cotidiano dentro de esa atmósfera tan particular, pero reconocida en nosotros, en nuestro fuero interno, nos hace ver que Macondo y Comala también están en muchos pueblos de nuestros países de Norte, Centro y Suramérica, donde existen pueblos perdidos a lo largo de esas regiones provincianas, lejos de la vorágine de las grandes urbes y donde también se dan esos hechos que, para personas de otras latitudes, representan episodios por sobre el sentido común, comparables a sus dioses cosmogónicos, sus mitologías olímpicas, sus castillos encantados y espadas de hojas silbantes en reinos milenarios perdidos en las vastas regiones de hielo perenne. Toca a los escritores oriundos de estos pueblos mágicos narrar unas de las tantas historias con que amanecen diariamente, para describir situaciones que se cataloguen de extraordinarias, siendo cotidianas en ellos y enmarcadas dentro de las creencias folklóricas que mantienen la identidad de esa región. Estamos seguros de que estas narraciones de esos pueblos nuestros, remotos en la inmensidad del territorio americano, también serían obras literarias que remontarían por sobre las distancias, para asombrar de nuevo al mundo que espera ansioso por la aparición de un pueblo que surja de la nada, de intrincadas regiones, para asentarse en la memoria del colectivo internacional. Yo, con toda la humildad de caso y salvando las enormes distancias, he relatado algunas cosas de mi pueblo natal, perdido en la llanura venezolana, para dejar constancia de que allí también se dan hechos extraordinarios que pueden trascender el color local. Al menos, eso creo.

 

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