Esa mañana de temporada vacacional, el sol comenzó a asomar sus tenues rayos por entre las delgadas líneas de nubes de ese espacio de cielo. Eran nubes largas, envueltas sobre sí mismas; como espirales, filamentos o serpentinas. Da lo mismo.

Los rayos aparecían con una leve inclinación desde el horizonte, formando un abanico que se abría lentamente, como quitándose el letargo que deja el reposo de una noche tranquila. Eran líneas perfectas que chocaban con el espejo ondulante de aquella inquieta masa de agua salada que sin saber si era de día o de noche, continuaba  su obstinado cerco a las rocas de la costa; moldeándolas en formas caprichosas, cuando se rendían ante los incesantes susurros de la brisa. Cómplice de aquel eterno enamoramiento.

Los pelícanos ensayaban sus espectaculares clavados contra la superficie marina, procurándose el primer bocado del día. Más allá, la playa mostraba los colores blanco y rosado de sus arenas y los árboles, cocales en su mayoría, inclinados por la insistencia del viento, parecían reverenciar la llegada del sol, mientras un tímido cangrejo apartaba deprisa los granos de arena para hundirse en ella, minutos antes de que las pisadas humanas, invadieran el suelo blando y sinuoso de aquel ambiente playero. Yo estaba parado en el muelle pesquero, consustanciándome con toda esa bahía marina, pensando en lo ideal que se mostraba esa mañana que prometía ser radiante, para tirar los anzuelos con una buena carnada. Fue cuando entonces, la voz se despidió.

Entreabrí los ojos, miré el reloj y decidí, a regañadientes, levantarme del mullido sillón donde estaba reclinado. Había terminado de transmitirse el programa de radio que aquel prestigioso locutor conducía para pasearnos por las más hermosas playas de la costa del país. Llegaba el momento de volver a la cotidianidad de la urbe. Lástima de tiempo, que nunca detiene sus pasos. Ni siquiera cuando la pesca promete ser buena.

 

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