Una noche mi esposa me preguntó por qué escribía cuentos ambientalistas. Yo me le quedé mirando un rato, dándome tiempo en la mente, para hurgar una alternativa distinta. Al decirme con la mirada escrutadora que seguía esperando por mí, contesté que había sido ella, quien me había motivado a hacerlo. Sonrió entonces y se dispuso a dormir. ¡Vamos! Sabía de sobra, cuál iba a ser la respuesta.

Trabajábamos en una pequeña comarca rural y montañosa del centro del país, bastante alejada de las zonas urbanas con mayor índice de población. De mutuo acuerdo habíamos decidido buscar nuevos horizontes que nos llevaran por caminos y veredas hasta las áreas más apartadas. Éramos una pareja sencilla que se habían enamorado siendo estudiantes universitarios y contraído matrimonio en su último año de estudios.

Yo me licenciaba en letras con la ilusión de llegar a ser un escritor (famoso, si no es mucho presumir). Ella iba a egresar como Ingeniero Forestal que luchaba por alcanzar el grado con las mayores calificaciones; ya que al hacerlo, tendría la opción de calificar para integrar el sistema de Parques Nacionales en alguno de los tantos que, de nombre, se expanden por toda la geografía de este inmenso territorio.

La culminación de nuestros estudios, nos sorprendió en medio de una turbulencia política que produjo grandes cambios en todos los estratos de la sociedad a la que pertenecíamos. Pero igual salimos con nuestras ilusiones intactas por querer demostrarle al mundo que lo aprendido en las aulas universitarias, sí se compaginaban con la vida diaria que nos toca vivir. Al estar en el mercado de trabajo, entendimos que la realidad no era precisamente, el complemento práctico de la teoría aprendida.

Ella no calificó para el trabajo al que tanto aspiraba. Las trabas burocráticas que imponen condiciones absurdas como el pedir referencias, cuando el estudiante universitario no sale de la universidad mientras está estudiando, le cerraron el camino hacia aquellas áreas verdes que, cada vez, iban perdiendo ese color y no por la llegada del verano solamente, sino porque el programar actividades, incluso para mejorar la replantación de especies vegetales diezmadas, era algo fuera de sentido para aquellos que dirigen detrás de un escritorio. Con pisapapeles y calendarios en miniatura incluidos.

Por mi parte, intentaba comenzar mi carrera literaria, si se puede decir así, escribiendo cuentos identificados dentro de la corriente del realismo mágico de García Márquez.  Por supuesto, ese no era un molde donde uno vaciaba las palabras y se levantaba una hojarasca, o saliera un coronel a quien nadie le escribía, ni mucho menos ¡Por Dios! Unos cien años de soledad, que son los que me esperarían si seguía por ese camino tortuoso, cuyo laberinto solamente el Gabo (con todo respeto) sabe andar.

UNA RESPUESTA INTELIGENTE

UNA RESPUESTA INTELIGENTE

Así que decidí alejarme de esas crónicas de muerte anunciada y me refugié en la fuente del realismo puro, tratando de captar la esencia de los  que pululan debajo de los puentes; a orillas de las autopistas o en los barrios más humildes que rodean la ciudad. Vana creencia, pues, captar e imprimir en páginas en blanco el sentir de aquellos, y deploro esta  expresión, miserables, sin ser Víctor Hugo, era algo que me quedaba grande. No había por donde seguir (bueno, seguir es una expresión inadecuada, ni siquiera había empezado), entonces me dediqué a acompañar a mi mujer en su lucha por obtener una plaza que la pusiera a sembrar conciencia en los visitantes de las áreas verdes de las regiones que conformaban el país, para decirles que de la relación armoniosa entre la flora, la fauna y los asentamientos humanos, dependía las posibilidades de vida de cada uno de ellos en el planeta.

Hasta que ella logró ubicarse en un cargo de segunda, tragándose sus altas calificaciones, la tesis de grado y demás yerbas aromáticas, bien traídas al momento por lo demás. Y fue (fuimos, porque yo iba de consorte) asignada a una Unidad de Mantenimiento de la Dirección de Parques y Jardines de una gobernación, cuyo nombre no viene al caso. Allí permanecimos por espacio de cinco años, mientras yo sólo lograba publicar uno que otro cuento  en diarios regionales, a quienes estoy muy agradecido, no hay que ser, por la oportunidad de llegar al lector.

Pero había algo que la inquietaba y conociéndola como la conozco, la llegaba a perturbar.

-La tierra, las plantas y los animales, no eran propiedad del humano. Con todo y ser la especie pensante y dominante del planeta -decía.

Hacer entender al visitante que las áreas verdes de un parque de recreación debían preservarse, no era cosa sencilla. Aquello la ponía mal, la verdad, y yo veía que la mujer con quien me casé; la que se enfurecía cuando alguien maltrataba a una planta o a un animal, se estaba derrumbando a pedazos. Tenía que hacer algo. Y con urgencia.

Nosotros no habíamos tenido hijos, todavía. Tampoco éramos derrochadores en cosas superfluas. El pragmatismo de ella, la llevaba a tener una vida sin exigencias de etiqueta, nos contentábamos con viajar hasta la ciudad grande más cercana para visitar lugares de interés cultural o comer en algún lugar tranquilo. Yo procuraba llevar el perfil de escritor al que están acostumbrados a ver: barba, cabello largo hasta los hombros y anteojos y, claro, sin corbata.

Así que, dada la situación de frustración frecuente en su trabajo de parques, le planteé  renunciar a todo. Sin pensarlo mucho o, a lo mejor, de tanto pensarlo, dijo que sí al ofrecimiento y nos largamos. Nos alejamos más y nos llegamos hasta el lugar donde estamos ahora. Un asentamiento rural en el centro del país, donde la vida pareciera haberse quedado en la primera mitad del siglo XX. A veces, cuando la bruma de la madrugada nos envuelve en nuestra cabaña, pensamos que por alguna extraña razón, nos trasladamos en el túnel del tiempo para quedarnos en estos parajes maravillosos.

Aquí no hay contaminación ambiental, y los animales se manifiestan por todos los rincones de la montaña, en su relación natural entre ellos. Todo aquello que se necesita lo tomamos,  sin que por eso se vea el peligro de alterar el orden ecológico. Al principio de nuestra llegada, no nos querían allí; pero al ver la sinceridad y honestidad reflejada en nuestros rostros, nos fueron aceptando poco a poco y hoy somos otros más de esa comunidad.

La vida rural nos ha servido para que mi esposa tuviera la libertad de hacer todas esas cosas que consideraba necesario para preservar, en las mejores condiciones posibles, el ambiente siempre verde que nos rodea. Ha diseñado un plan de recuperación de las áreas de cultivo, rotándolos para evitar el monocultivo como práctica de siembra. Las fuentes de aguas las ha mantenido, con la ayuda de todos, por supuesto, en las condiciones adecuadas para servirse de ellas. El producto de las cosechas se recoge para ser  vendido en los centros urbanos más cercanos y aunque el precio de la venta es irrisorio, no nos amarga el día, pues, la necesidad de todos, se cubre entre todos.

Por ello (y por ella), quise escribir cuentos ambientalistas.

Cuando le leí el cuento, coincidencialmente en horas nocturnas y estando todavía en borrador, ella me envolvió en su manta favorita y apagó la lámpara, quedándonos a oscuras. Esa noche resultó ser una de las más placenteras que hemos  tenido.  El cuento lo vine a pasar en limpio muchos días después. Aquí lo presento.

 

 

Sigue leyendo a Victor Celestino Rodríguez