Salvatore estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Pensaba casarse. Trabajó desde los seis años. Primero ayudó en la casa de don Abelino Contreras. Después pasó a trabajar en la panadería que tenía el caraí1 Abelino. Hacía de todo: barría, apilaba bolsas de harina, acomodaba latas o repartía el pan. Hasta los doce años no percibió ni un guaraní. Después sí; pero siempre fue poca cosa. A los dieciséis seguía viviendo en la misma casa pero trabajaba para un hojalatero. Allí comenzó a ganar dinero y a charlar con otras personas. Su mundo se amplió. Era más grande que lo que él conocía. Había otras tierras más allá de las kibebé2.

Don Elías, el hojalatero, le preguntaba a menudo por su familia y él rehuía del tema de la mejor manera. Una mañana, Salvatore, llegó al trabajo y, tras saludar a don Elías, le preguntó si lo ayudaría a encontrar a su padre. El veterano puso cara de confundido; pero conocía algo de la vida de su empleado. Y le dijo que sí, aunque fingió desconocer totalmente la historia, más allá de que lo poco que sabía por palabras de don Abelino, que nunca fue dado a hablar de sus criados.

Salvatore no era, claro, hijo de don Abelino Contreras. Vivía en su casa, pero era un criado. Sus padres lo dejaron a cargo de don Abelino a los cinco años de edad y nunca más los volvió a ver. Y ahora que estaba a punto de casarse se preguntaba por sus orígenes. ¿Quién era? ¿Quiénes habían sido sus padres? ¿Vivían aún? ¿Qué le diría a los padres de su novia, ahora que no podía seguir eludiendo las preguntas? Aunque ellos conocían su condición de criadito, ahora era un hombre a punto de casarse con su hija.

Las únicas caras que Salvatore conocía como familiares eran las de los Contreras. Sin embargo, ellos siempre le habían dejado en claro que, si bien era de algún modo parte de la familia, no era más que un criadito. Tenían un lazo lejano de sangre, pero la condición económica de sus padres lo ponía en un lugar diferente al de ellos. Él era un criadito.

Don Elías conocía a mucha gente. Entre ellos a unos sacerdotes que tenían buenos contactos. Así que se comprometió a ayudarlo a buscar datos sobre su familia, a partir de la poca información que la familia de don Abelino le proporcionó. Conocía las intenciones de casarse de Salvatore. Éste, además, le confió que deseaba conocer algo más sobre sus padres y posibles hermanos, antes de formar su propia familia.

Seis meses después de que Salvatore le pidiera ayuda a su patrón, éste le entregó una carta. Se la había enviado a él uno de sus conocidos. El remitente era un religioso que residía en la zona de la campaña donde, posiblemente, vivieran los padres de Salvatore. La carta decía, textualmente:

Estimado Sr. don Elías González:

Le escribo a fin de poner en su conocimiento las novedades reunidas en torno a la pesquisa que llevo adelante según su solicitud y en relación al destino de los familiares de su dependiente, don Salvatore.

Por un lado, cumplo en informarle que la señora madre del joven falleció poco tiempo después de dar a luz al segundo hermano del joven. Eso consta en actas de la Parroquia de la Santísima Trinidad de la zona parroquial donde también hallé otros datos. Por ejemplo, el bautismo de otros hijos.

Fue la antigua secretaria parroquial, aún viva pero que no trabaja más, quién me proporcionó la información de la señora, pues la conocía por trabajar para una amiga suya. Se desempeñaba como lavandera y, además, le vendía leche, pues tenía una vaca lechera.

El esposo de la señora, don Estanislao Ayala, quedó a cargo de tres vástagos muy pequeños. Se desposó con una joven mujer que conoció en estas tierras. Hace tres años, poco más o menos, don Estanislao emigró hacia otra zona del país. Destino que no logré conocer.

Estimado don Elías, espero haber contribuido con la causa de su dependiente en alguna medida. Quizás más adelante pueda conocer más sobre el paradero del padre de Salvatore, para poder compartirlo. Pero el resultado de esa búsqueda sólo Dios conoce.

Atte. le envío mis saludos y la bendición de Dios.

  1. P. Francisco Rodríguez

 

El joven Salvatore quedó pensativo y le expresó a don Elías: “No sé si estar triste o alegrarme después de leer esta carta”.

̶ Salvatore, Salvatore… Tienes un padre, don Estanislao. Y está vivo. Y tienes hermanos por conocer. Posees una familia en alguna parte de estas tierras rojas.

̶ Sí… Estanislao. Quizás cuando tenga hijos, si mi esposa lo consiente, lo llamaré Estanislao.

Walter H. Rotela G.

Expresiones de la lengua guaraní utilizadas en este cuento.

1 Caraí: señor

2 Kibebé: alimento a base de zapallo hervido, de color amarillo a rojizo.

 

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