Recuerdo, perfectamente, la noche que conocí a don Roque. Vi el cielo estrellado, como nunca lo había visto antes. Se podía notar la vía Láctea en todo su esplendor. Recorría los últimos kilómetros con mi bici-moto, un «mosquito», que es como le llaman a estos biciclos. Se rompió al caer la nochecita y llegué a una cantina, en medio de los campos sembrados.

Don Orisvaldo y su esposa atienden la cantina a la que llegué. Estaba fresco y habían encendido una cocina económica, en un extremo de la cantina. Esto crea un ambiente agradable junto con el mostrador rústico y la mesa de billar casín. Al costado de éstas hay un par de máquinas tragamonedas.

Pedí una cerveza sin alcohol y nos pusimos de charla con don Orisvaldo. Le conté sobre mi percance. Junto a la cocina económica estaba sentado don Roque. Tomaba un poco de vino, mientras acomodaba una liebre y dos conejos  ̶  del criadero de los dueños de la cantina ̶  en el horno de la cocina. En eso llegó un tipo que, apenas entró, me miró fiero. Sin embargo, nunca imaginé lo que pasó después.

El cantinero le sirvió una grapa, según el pedido del recién llegado. El hombre, de grandes manos, cabello renegrido tiene la piel tostada, curtida por su tarea al aire libre. Según me enteré, después, es conocido por su mal talante. Pero, de eso, yo nada sabía. No es más alto que yo, pero como tiene una pronunciada chuequera, quizás mida algunos centímetros más. Tomó un segundo trago y sin rodeos dijo: «¿Qué hace un blanquito manteca por estos lares en esa porquería, que no es moto… ni bicicleta?».

Me sorprendió y no debí contestar; pero lo hice: «Eso es un ciclomotor… Y me lleva a todas partes. Aunque hoy decidió pararse aquí».

̶  Mantequita dije… Y no me equivoqué. ¿Dónde se ha visto que el caballo mande a quien lo monta? ¿Dónde nació usted blanquito?

̶ Me permite responderle don… ¿Cuál es su gracia? Lo que monto es una bicicleta y no un caballo –le dije, con el tono más firme que me fue posible.

̶ Había sido gauchito el blanquito manteca… El discurso del viejo Clibio, que es el nombre de hombre gruñón, fue interrumpido por la voz cortante de don Roque: «No moleste al visitante don Clibio. Acá todos somos forasteros hasta que formamos parte de la ronda. Por eso… don Orisvaldo, sírvale una cerveza al joven».

̶ Gracias don; pero quizás tenga que seguir conduciendo –dije.

̶ No podrá con el mosquito así. Pase la noche aquí y mañana vemos de reparar la máquina. Tranquilo… No le voy a cobrar. Y tome una cerveza con alcohol que, dentro de un rato, lo acompañamos con un conejo o dos.

̶ Gracias –respondí. Creo que será una buena opción. Porque volver con el mosquito a tiro será un tanto difícil a esta hora de la noche.

̶ Ni lo dude. Y en el galpón hay lugar para usted y para su «mosquito» –comentó don Roque. El clima, dentro de la cantina, mejoró tan rápido como habíase complicado minutos antes. Y no tan sólo por el calor de la cocina a leña sino por la intervención de don Roque.

̶ Me voy –afirmó el veterano Clibio – porque está frio y tengo que madrugar. No voy a perder el tiempo con cosas de mosquitos ni con blanquitos. Giró y entre tumbos enfiló hacia la puerta. Cuando estuvo junto a ella, dio vuelta en redondo, me miró y dijo: «No se lo tome tan a pecho joven, los años me volvieron un poco gruñón».

El conejo estuvo un rato después y sentí toda la hospitalidad de don Orisvaldo y su esposa; como la de don Roque. Dormí después en el galpón y la estadía se prolongó por una semana. Tiempo durante el cual conocí más a fondo a don Roque y a las personas del lugar. Un poblado perdido a 20 kilómetros de una ruta nacional era el nuevo mundo de don Roque.

El añoso hombre  que me dio albergue oficiaba de peón en cualquier campo o chacra que lo requiriesen. Sin embargo, desde hace cinco años atrás estaba afincado en el campo de los Mejía. Una casita cercana al camino vecinal, antiguo puesto de la enorme estancia le fue concedido para su uso hasta cuando él lo dispusiera. Algunos campos del dueño original, un hombre de unos 95 años actualmente, fueron vendidos, en un pasado cercano -no explicado por don Roque- incluso con la sección donde estaba el rancho de don Roque. La zona se loteó en algunas parcelas bajo la rotulación de «zona suburbana» y mediante autorización de la Junta Local.

̶ Este no es mi rancho; pero… como si lo fuera. El viejo Mejías me conoció un día que le hice unos trabajos y le conté mi historia. Seis meses después de trabajar con él me puso a reparar este rancho, un viejo puesto de su estancia de la zona. Cuando terminé, casi al décimo mes de trabajar con él, me dijo: «Esto ahora lo puede usar usted. Si quiere vivir acá, lo puede hacer hasta que se muera o hasta que quiera irse. Ta.» El hombre estrechó su mano y asunto sellado. Los hijos conocían el trato, por eso es que llevo hoy unos cinco años viviendo aquí.

̶ Gente de palabra –contesté.

̶ Ni que lo diga. De esa gente queda poca. Él comprendió mi situación y yo le estoy profundamente agradecido.

̶ Pucha digo… ¡Qué historia interesante!

̶ Mire, no se asuste. Pero tiempo atrás estuve guardado en un Penal por un crimen. Le disparé a un hombre que intentó robarme y aunque lo herí en la pierna, cosa que me di cuenta, también lo hice en el abdomen. Esto lo llevó a la muerte, por el sangrado. Me comí un par de años guardado entre rejas. Por buena conducta me dejaron salir a los dos años, pero en el ínterin perdí a mi mujer y a mis hijos.

̶ ¿Y desde entonces vive aquí?

̶ Casi. Llegué a la zona casi como tú; si me permites tutearte.

̶ Claro… Usted tiene casi la edad de mi abuelo.

̶  ¡Epa, epa! Tan viejo estoy… Bueno, la vida pasa y uno no se da cuenta, uno sigue simplemente viviendo. Uno debe seguir viviendo.

La gente me conoce y sabe de mi historia; pero aquí nadie dejó de ofrecerme trabajo por eso. Y como una marca personal, las entradas de varios campos, las realicé con las mismas piedras y con un aspecto similar.

̶ Entonces, don Roque, usted volvió a nacer en estas tierras ¿no?

̶ Nunca lo había pensado de ese modo, pero sí. Porque volver a empezar es también nacer, ver la luz. Estas tierras que trabajo hoy me brindaron la oportunidad. Este hombre para el que trabajo aún hoy fue el primero; pero cada parroquiano del lugar, con el tiempo, me brindó trabajo, y algo más importante: su amistad. Ya lo vio usted la noche que llegó.

̶ ¿Ya lo vio usted…?

̶ Digo… Ya lo viste… Esa noche que llegaste pudiste apreciar la actitud de don Orisvaldo y su mujer. La cosa es como cuando miramos las estrellas… Primero vemos una, luego otra y al final todo el universo… Un mundo nuevo de luces.

Pedro Buda

Walter H. Rotela

2015

 

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