El sol estaba terminando su recorrido, al final de la tarde, suavemente bajaba hacia la inasible línea del fin. Justo Bustamante podía ver ese momento, cada tarde, de cada día.

El trabajo de Bustamante se desarrolla dentro de una cabina de fibra de vidrio que está sobre la costa de la bahía, a escasos cien metros del agua, entre cientos de contenedores apilados, cuidadosamente, uno encima de otro, en grupos de tres o cuatro, pocas veces más que eso. El perímetro está cercado por un tejido de tres metros, encima del cual hay tres hileras de alambres de púas y un rollo de otros alambres, igualmente con miles de puntas afiladas.

La Playa, que es como llaman al predio donde están los contenedores, parece desierta, tranquila. Nada más lejos de la realidad. Dependiendo del momento, torna su aspecto de aparentemente y total tranquilidad a bullicioso y vertiginoso movimiento.

Justo Bustamante oficia de vigilante en La Playa.  No es el único, hay tres cabinas más, donde en periodos de ocho o doce horas, hombres-ojo vigilan. Su turno inicia a las ocho de la mañana y se extiende hasta las ocho de la noche.

La cabina es el refugio de este hombre-ojo, su refugio, su protección. Pero, muchas veces, lo siente como su calabazo o prisión. Cuando ese es el sentimiento que aflora, su cuerpo se manifiesta con palpitaciones, sudoración fría, temblores u otras cosas. Pero él permanece firme en su puesto. “Necesito el trabajo” -se repite, una y otra vez.

Cada vez con más frecuencia siente estos ‘síntomas de algo’ –como él lo dice, al hablar solo dentro de la cabina.

Cuando el sol está expresándose en toda su furia, Justo tiene la posibilidad de extender un pequeño toldo, que permite generar un poco de sombra. Sin embargo, en verano, las piedras que conforman el pavimento bajo sus pies, como aquellas que están sueltas, están muy calientes y no parecen terapéuticas, sino hirientes. Parecen brasas y apenas el freso aire, que viene de la bahía, apacigua los ánimos.

Hace como seis meses que se repite, con mayor asiduidad y fuerza, el conjunto de ‘síntomas’ que manifiesta Justo. Fue a registrarse la tensión arterial varias veces en la última semana y no acusó hipertensión, ni hipotensión. Sintió, por varios días, que la nuca y la cabeza entera estaban a punto de estallarle. Al mismo tiempo, el corazón parece salírsele del tórax. No entiende nada.

 

Tres meses atrás creyó que se desmayaba, que perdía el conocimiento. Cuando apreció que se recuperaba del desvanecimiento ‘vio’ -o creyó ver, no lo recuerda bien-, en medio de las aguas del río-mar, emerger un pequeño submarino. Fue solo un instante y desapareció. Ocurrió como a las seis de la tarde, poco más o menos.

Estaba por finalizar el turno de trabajo cuando sobre la superficie del agua, bastante cerca de la costa, al final de una larga fila doble de contenedores, vio aflorar, de debajo del agua, un objeto esférico. Al menos eso le pareció.

El compañero del turno ese día, como es su costumbre habitualmente, llegó diez minutos antes. Justo no sabía si informarle o no de lo percibido. Podía tomarle por loco o por enfermo. Esto último era algo que se notaba, no era necesario ser un experto. Justo, cada día ofrecía un aspecto de mayor cansancio. Había adelgazado varios kilos en los últimos meses, al punto que llevaba tiradores para que los pantalones se mantuviesen en su sitio. El sueldo no le permitía comprarse prendas de vestir nuevas como precisaba. Los tiradores eran la solución.

La tarde-noche en cuestión Justo se quedó mirando hacia el agua, por entre medio de las filas de contenedores. Esto llamó la atención de su compañero Atanasildo.

̶ ¿Te pasa algo Justo? –preguntó Atanasildo.

̶ ¿Por…? –respondió, sin dejar de mirar al agua.

̶ Estás extraño. Hace quince minutos que deberías haberte ido y sigues ahí, con la vista fija en esa porción del río-mar. ¿Qué viste?

̶ Nada… o algo. No sé.

̶ ¿Nada o algo…? ¿Qué respuesta es esa?

̶ Lo que pasa es que dos veces vi algo en el agua. Como una esfera. Surgió una cosa redonda como una pelota, ni grande ni chica. De un color como de foca o marrón, no sé bien. Hay como 100 metros hasta la costa, hasta el borde del agua, y fue un poco más allá, adentro. No se distinguía bien por el sol, pues el agua queda como un espejo a esa hora. Pero fue eso justamente lo que me permitió notar la diferencia, lo oscuro y esférico, distinto de lo plano y plateado del agua.

̶ En estas zonas no se avistan ballenas, pero alguna que otra foca se ve. Algunas pueden ser grandes, pero no tanto. No creo que lleguen lobos marinos, pero puede darse el caso, de hecho, algunos se han visto muertos aquí. Sí los hay más al este o al sur del río-mar.

̶ Sí, pero no tienen forma esférica. En el diario –creo- leí que existen contrabandistas que usan naves así para transportar drogas.

̶ Vi un informe en la televisión también sobre un caso en Perú, creo. Quizás fue en el Amazonas o en el Nilo… ¿quién sabe? Entiendo entonces tu preocupación. Estaré atento.

̶ Gracias por entender. Ver eso y estar solo aquí… Los otros compañeros no lo tomarían enserio. Pero lo vi.

El turno de Atanasildo estuvo muy movido. Llegaron dos barcos, con escaso tiempo entre uno y otro. Las grúas pequeñas, como las grandes, se movieron toda la noche. Descargando y cargando a toda velocidad. La Playa, iluminada, parece un hormiguero, visto desde lo alto de una grúa portuaria. Parecen moverse al compás de un tema de jazz. Improvisación y coordinación. El tiempo exacto en cada momento. Jugando cada cual a su tiempo, entrando justo para hacer un solo o producir una tarea armónica.

La Playa

La Playa

Una luz le pareció ver a Atanasildo, en la misma dirección señalada por Justo. En medio del agua. Pareció sentir como un tintineo al tiempo del leve destello, casi imperceptible. Podría ser un bote. Recordó lo comentado por su compañero de cabina. En eso, la luz volvió a encenderse y, tan rápido como apareció, desapareció. Dejó de mirar en otras direcciones y se ocupó solo de esa zona. Esa sobre el agua, al final del largo corredor entre los contenedores.

Atanasildo, como los otros guardias, debe vigilar desde su cabina y sin alejarse de las mismas. Los hombres-ojo deben vigilar el predio. Sin embargo, sobre la superficie del agua, algo se movía, algo emergía de las profundidades y luego desaparecía. Ocultándose a la sombra de la larga fila de contenedores se arrimó a la costa. A cincuenta metros se detuvo. Veía claramente lo que pasaba. Volvió a la cabina.

̶ Ser o no ser… -repasó las líneas tan conocidas de Shakespeare. ¿Qué hago? –pensó y dijo, en voz baja, por 5 minutos largos, muy largos. Decidió llamar por radio y dar aviso a sus compañeros y al supervisor, a quien nunca vio, sino solo escuchó por radio, alguna que otra vez.

La noche, de pronto, se tornó calma. Bajaron las luces y el movimiento se fue apaciguando, enlenteciéndose el ir y venir de las grúas con los contenedores. Seguramente los buques estaban con casi todo su cargamento acondicionado. Los papeleos, en general, conllevan más tiempo que el de la descarga y carga de los navíos.

No habían pasado cuatro minutos desde que dio aviso de lo percibido, seguía mirando el agua, allá al final del largo corredor entre los contenedores.

̶ ¡Atento Atanasildo! ¡Atento Atanasildo! –chilló el radio-transmisor del hombre-ojo. La voz lo asustó, pues sonó estruendosa en medio de la quietud que se avecinó, poco a poco, con el paso de los minutos. Enmudeció por unos segundos… eternos.

̶ Aquí Atanasildo –al final tartamudeó el vigilante. El sudor le corría por la espalda. La luz intermitente, a ras del agua, permanecía.

̶ ¡Escuche… Atanasildo! Usted no debe abandonar su puesto de trabajo. ¡Oyó! -se escuchó fuerte y claro la voz del supervisor en el radio-transmisor del hombre-ojo.

̶ Comprendido –atinó a responder el vigilante. Quiso agregar algo, pero intuyó que no era conveniente.

̶ Usted debe permanecer –continuó diciendo el supervisor- en su cabina y ver desde allí la zona de contenedores. Lo que pasa fuera de La Playa no es su jurisdicción. No es su jurisdicción, me entendió.

La esfera y la luz titilante se avistaron varias veces más en un espacio de tiempo largo, indeterminado. Meses. Y con una frecuencia de dos veces por semana o una. Pero la orden era clara.

El malestar, los temblores, la tensión aumentó en el caso de Justo Bustamante. Pero eso terminó, noventa y un días después del primer avistamiento. Los nervios, el estrés o vaya uno a saber qué, paralizaron el lub dub en el centro de su caja torácica. Y nadie se percató del asunto, sino hasta el cambio de turno. En la cabina del hombre-ojo, Justo parecía mirar –pues tenía los ojos abiertos- hacia el final de la larga fila de contenedores, donde se vislumbraba… el agua. El sol del atardecer no volvería a encontrarse con su mirada, como cada tarde, de cada día.

Walter Rotela

(Pedro Buda)

2013

 

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