Tiempo muerto
Tiempo muerto

Terminó de almorzar y miró a su alrededor. Adelante el televisor, a los lados, la pared sin revocar. Volvió a mirar el televisor, luego se levantó y fue despejando con resignación la mesa. Lavando los trastos se abstrajo tanto que no advirtió el frío del agua en las manos. La manzana que había pensado comer de postre fue devuelta a la frutera plástica que le quedaba grande de tan vacía. Quizás la comería tras recibir la carta que esperaba. Según el almanaque adherido a la heladera, el despido de Mónica era reciente, pero para la economía de ambos ya había pasado demasiado tiempo. Los oficios que dominaba no alcanzaban a estabilizar la situación, y la carta que los mantenía en vilo parecía que nunca iba a llegar con soluciones legales. La fábrica, además, nunca había perdido un juicio.

La carta de su abogado llegó días después, su esposa dormía; luego de leerla, la puso sobre la mesa, tomó de la frutera la manzana ya en evidente descomposición, extirpó las zonas pasadas con un cuchillo, y sin poder frenar sus lágrimas, tragó las impurezas del fruto. Cuando su esposa se levantó de la siesta, leyó la carta, la puso sobre la mesa, tomó la manzana y la comió con resignación. Fue  colocando las rojizas tiras de cáscara dentro del sobre, lo cerró y en la solapa escribió con letra de imprenta mayúscula: «DEVOLVER AL REMITENTE».

 

Juan Pablo González

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