Nunca admitiré que suelo recorrer los caminos por los que pasábamos
y que visito los lugares que frecuentamos
siempre con la ingenua esperanza de encontrarte, así: como quién no quiere la cosa;
cómo quien es de pronto víctima de una coincidencia
¿Qué pensarías de mí sí me vieras así?;
Desesperado, perdido, acabado.
¡Pobre patético guiñapo!
Y aun así no admitiré jamás que te extraño horrores,
Que me dueles en la mente y me dueles en el cuerpo,
porque a fin de cuentas, lo mismo que a ti:
Me duele más mi orgullo.
Sigue leyendo a Paco Montaño

