Extraviado, me interno en las letras de Ciorán y tomaré un fragmento de su obra “El aciago demiurgo” (Alianza Editorial, trad. F. Sabater), aquí lo encuentro reflexionando sobre el emperador Juliano.
No estaba en mí intención dedicarme aquí a las hazañas bélicas del Emperador Juliano, pues ellas por si solas no debieran presentarnos ninguna dificultad en su lectura.
“…Desde el curso del siglo II se sabe que Jesucristo es Hijo de Dios, según una generación especial, pero directa; que es Dios también y organizador del mundo por voluntad del Padre y con el auxilio del Espíritu…” Así nos informa Ch. Guignebert en su libro “El Cristianismo Antiguo”, y de esta manera poder ubicarnos en el momento justo que: “…Se funda el dogma de la Trinidad y por ende la fe cristiana va transitando hacia una metafísica cada vez más complicada y más alejada de las afirmaciones apostólicas, quedando definitivamente separada del judaísmo…”
En el siglo IV a.C. surge el sistema alegórico en defensa del poeta; dirá el filosofo Porfirio a finales del siglo III d.C.: “esta forma de defensa es muy antigua y remonta a Teágenes de Regio, el primero que escribió sobre Homero”. Con esta breve introducción he llegado al punto que quiero desarrollar: la alegoría.
Dejando a un lado las reglas de estilo que el género epistolar transitó desde la época helenística hasta la imperial, y atendiendo el abundante legado que nos dejó el Emperador Juliano, debo resignar un análisis pormenorizado de sus cartas, su complejidad me exige otro espacio.
Michel Foucault para el desarrollo de su curso “el nacimiento de la biopolítica” no dejará de interesarse en el cristianismo antiguo y las filosofías helenísticas-romanas y lo hará a mi entender, porque de esa transformación sujeto-verdad es innegable que es de donde proceden las causas sagradas que oprimirán, esclavizarán, humillarán y asesinarán a millones de personas hasta nuestros días.
Qué magnífico espectáculo, aunque por eso no menos patético el que nos presenta el siglo IV. Comienza con las persecuciones ordenadas por Dioclesiano (Diocles), culmina con la Iglesia en el poder, en el medio: un mar de sangre; “nunca se odió tanto como en este siglo” nos refiere Ciorán.
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