Pronto todos estuvieron reunidos para salir de expedición. Los Basiliscos y el Pombero venían comiendo panchos con mostaza. El Pombero se acercó a Madame y le musitó algo; ésta hizo un clic chasqueando dos dedos y hurgó en su bolso de mano hasta dar con un poncho delgado, como de vicuña, que ofreció al invitado para abrigarse.

Bastaba mirar hacia el poniente -ancho celeste ahumado por sombras-  para despedirse del cielo que se asfixiaba en los últimos resplandores no sabiendo si soñar todavía o despertar las pesadillas de una noche. Colores llenos de pasión a punto de sacrificar la belleza a través de las formas sin materia.

Así lucha el cielo.

-Bueno, amigos, -dijo la Reina-. Ya que estamos todos reunidos, propongo iniciar la marcha para hallar al Platico quien nos indicará el mejor modo de llegar a la Casa de la Memoria.

Y se pusieron a caminar.

Hasta que la vereda se transformó en camino la comitiva anduvo a paso de marcha. Alegres como colegiales iban cantando las Trillizas y la Lagarta, que hacía una tercera exacta, con su registro de contralto. La Comadreja se abstuvo porque en vez de canto, le salía una tos seca, de tísica.

En ningún momento dejaba de atardecer: caía la luz envuelta en sombras como un albornoz sobre el cuerpo de una mujer.

 

Único saltaba entre la tierra apisonada del camino y el borde de lajas, lejos de los demás.

Empezó el manglar.

Espeso.

Denso y casi fantasmal, los brazos de los arbustos colgaban, cansados por pesos caprichosos que aquí los empujaban a un costado, allá retorcían sus tentáculos verdosos.

Al doblar un recodo el camino se abrió en una horqueta. Tomaron por el brazo de la derecha que los llevó a un abra donde estaba ensayando un coro de ranas cuya maestra era una gran Rana Esculenta. Al verlos llegar, ésta se fastidió y amagó con su batuta haciéndoles la señal de “váyanse, fuera de aquí” que arengaba además con su mano verde.

Las coreutas, lejos de rechazarlos, estaban hinchadas de contener la risa. Parecía causarles un gran placer cualquier situación que importunase a la directora. La Rana Esculenta no se limitó a dar sus saltitos y amenazar, viendo que el bochinche crecía y harta de tanto barullo -un oído musical no tolera fácilmente los batifondos- mostró su larguísima lengua a las alumnas para ordenar silencio. También se dio en agitar la mano engalanada por mitones de encajes que dejaban libres los dedos gelatinosos y brillantes, casi flúor. Sus largos aros de plástico se sacudían en cada arremetida. Un collar de fantasía barata se bamboleaba en el cuello espeso, más el vestido largo talle sirena, de lamé negro, completaba su aspecto de querida de dictador latinoamericano. Abusando de la oscuridad, se había propasado con el rouge cercando la gran boca de un rutilante color cereza a punto de devorar la partitura con atril enfrente. Un inmenso árbol baobab era el escenario del coro.

Madame miraba todo detalladamente; las Trillizas tuvieron que amordazarse entre ellas para evitar las carcajadas, que de tan comprimidas, les producían hipos. Tampoco Vivaldi y Haendel podían contener más la hilaridad, pero imitaron a Único, que se había armado de una sonrisa fija, neutral, de esas que no dicen nada.

La gran Esculenta decidió ignorarlos finalmente dándoles la espalda para seguir guiando su coro. De inmediato, las cantantes empezaron a entonar la estrofa:

 

“Debajo del laurel de mi madrina,

       hay un coro de ranas que me canta.

       ¿Qué dice la canción? Están diciendo:

       La verdad, que la canción no dice Nada”

 

Repentinamente todas se callaron, cosa que resultó infinitamente mejor para la salud de los oídos, ya que invariablemente todas eran maestras del desafino. Donde una emitía un Re, la vecina lo hacía dos semitonos más abajo, la de al lado un Mi bemol y la cuarta dos o tres notas juntas irreconocibles. Todo era de un desatino musical increíble.

La Maestra se puso a golpear cuanta cosa encontraba delante suyo, furiosa por el brusco corte melódico.

-¡Continúen, malditas marranas! -ordenó.

-No podemos -dijeron a coro tres ranas de la primera fila que todo lo hacían concertadamente, menos cantar.

-¿Cómo que no pueden, imbéciles? -atacó la Esculenta abriendo más las piernas para afirmarse en el podio, con tanta fuerza que el tajo de su vestido se abrió desgarrando la tela y dejando ver las largas y carnosas piernas verdes.

-No tenemos más letra, vieja estúpida -reclamaron las coristas.

-¡Pues vuelvan la página de la partitura y verán lo que sigue, bastardas! -increpó la directora, volviendo a la carga en lo que amenazaba ser un combate verbal sin cuartel.

-¿No escuchó la canción, maldita bruja? -preguntó una de las cantantes poniendo los brazos en jarra-. ¿La escuchó realmente?

-Todo lo que escucho, lo escucho realmente -se defendió la Directora-: ¿O acaso está insinuando que sufro de alucinaciones? ¿Me está diciendo loca?

-Veremos…-tentó la coreuta-¿Qué decía la última estrofa?

-No recuerdo, satanasas del infierno -repuso la Esculenta-. Yo sólo atiendo la línea armónica, necias. ¡Faltaba más! Bueno sería que deba atender la música, la letra y hasta la ropa que llevan puesta, inicuas. ¡Mugrientas! -gritó.

-¡Pues atienda todo si quiere ser la directora, maldita negrera sucia -replicaron a coro las tres ranas sopranos-: la estrofa decía “la verdad que la canción no dice nada”. ¿Cómo pretende que cantemos nada? Tirana imbécil.

La Esculenta, viendo que la razón se le escabullía, se salió de sí. Totalmente alienada, daba saltos constreñidos por la falda apretada que le restaba libertad. De algún sitio sacó un látigo y lo onduló frente a las tres sopranos de primera fila haciendo silbar la punta sobre las cabezas renacuajas. Las ranas, muertas de pánico, escucharon la orden que les daba la agresiva conductora:

-¡Canten, sea lo que sea pero canten! -bramaba blandiendo el arma fustigadora- ¡canten, hato de cerdas, canten ya mismo!

-Obedientas, sumisísimas como geishas, las discípulas comenzaron a cantar el coro de los marineros de “Madama Butterfly” a boca cerrada:

mmm, mmm, mmm

mmm, mmm, mmmmmmm….

Continuaba atardeciendo. La luz menguaba de amarillos terrosos a sepias lánguidos.

 

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