Esta semana que termina se cumplen treinta años de la caída de uno de los íconos más importantes y representativos del Siglo XX, el Muro de hormigón que dividió la ciudad de Berlín durante poco más de veintiocho años.

Si bien es cierto, antes y después de la destrucción casi total de la barda, los acontecimientos internacionales, como el estallido de la planta nuclear de Chernóbil el 26 de abril de 1986, y la desintegración de la República Federal Popular de Yugoslavia el 25 de junio de 1991, demostraron que la implementación del sistema económico de tipo socialista no fue llevada a cabo con la eficiencia y eficacia que ameritaba y era necesario, para que cumpliera su objetivo de lograr la igualdad económica y social, y no en sí la ruptura de la pared alemana, sin embargo, indudablemente, es el símbolo más representativo de este fracaso.

Como consecuencia directa de la rendición de Alemania en mayo de 1945, y la visión de que se acercaba el fin de la Segunda Guerra Mundial, se llevó a cabo la Conferencia de Postdam, pueblo que en ese entonces era una villa cercana a Berlín, donde se encuentra el Schloss Cecilienhof, que mandó construir Friedrich Wilheim Viktor Albrecht von Hohenzollern, último Káiser de Alemania, bajo el diseño y dirección de Paul Schultze-Naumburg.

En estos espacios se juntaron entre el 17 de julio y el 2 de agosto de hace 74 años, Clement Richard Attlee por la Gran Bretaña, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (Stalin) por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y Harry S. Truman por Estados Unidos. De los acuerdos a los que llegaron, destaca; poner en marcha lo pactado seis meses antes, en la Conferencia de Yalta, dividiendo a Alemania y Austria en cuatro fragmentos de seguridad, en donde los conferencistas, más Francia, estarían a cargo de las diferentes regiones, a los germanos los vigilarían, en el norte los británicos, en el este los soviéticos, en el sur los norteamericanos, y en el suroeste los franceses, lo mismo se estableció para Berlín y Viena, los brandemburgueses al ser fragmentados fueron repartidos para su resguardo de la siguiente manera, al norte a los galos, al este a los comunistas, al sur a los yankees y el oeste quedo a cargo de Albión.

La barrera con que la humanidad intento artificialmente auto excluirse, comenzó su construcción el domingo 13 de agosto de 1961, cuando Walter Ernst Paul Ulbricht, obedeció las instrucciones, que desde el Kremlin le dio Nikita Serguéievich Jruschov, con el pretexto de que fuera una protección antifascista (Antifaschistischer Schutzwall), pero que en realidad pretendía detener la sangría de disidentes, que aprovechando las frontera de la ciudad, cruzaban al lado occidental, se calcula que más de tres millones de personas se beneficiaron del paso franco, si bien es cierto, en un primer momento, solo fueron vallas de madera vigiladas por el ejército, conforme fue transcurriendo el tiempo, el llamado muro, se convirtió en un bloque de hormigón de más de 120 kilómetros de largo, con una altura de hasta 3.6 metros, integrado por más de 45,000 bloques, en realidad nadie sabe con exactitud cuántas gentes lograron evadir su construcción y pasar al lado occidental, o morir en el intento, a lo largo de sus 339 meses de operación, se calcula que la hazaña la lograron 200 personas y murieron más de mil, pero no habrá nunca un dato exacto.

Berlín 30 años

Berlín 30 años

El 9 de noviembre de 1989, la ilusión triunfó sobre la realidad, aprovechando el error del político alemán Günter Schabowski, quien al contestar una pregunta del reportero italiano Riccardo Ehrmann dijo que las leyes para viajar al extranjero habían sido derogadas, lo cual no era cierto, sin embargo, ante la réplica del periodista de a partir de cuándo sería la medida, su respuesta fue contundente, Ab Sofort (de inmediato).

Fue como la voz de arranque, los alemanes en particular, así como todos los ciudadanos del mundo en lo general, pudieron cruzar de un lado al otro sin restricciones, algunos berlineses aprovecharon para tomarse un café o una cerveza del lado al que no accedían de manera hasta ese momento normal, esa noche en la que simbólicamente se reunificaba el país, también hay que decirlo, especialmente para los orientales, la decepción comenzó casi en ese mismo momento, ya que los precios y el costo de la vida que habían en occidente, no tenían paragón en su país, una bebida y un bocadillo equivalían el sueldo de un mes de un médico del lado socialista, fue como un presagio de lo que vendría después, aún hoy en día el promedio de los sueldos en más bajo en un 18 por ciento en lo que fue la Alemania Democrática.

 

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